• Mariee Gómez

Diarios de Semana Santa (Mariee): Tres clavos y un martillo


Lo admito, a veces puedo ser una completa cobarde. Se suponía que desde aquel 2016 en que había visitado Auschwitz y había comprendido el significado del dolor en aquel lugar, me había prometido a mí misma que dejaría de lado mi temor a afrontar las cosas que sentía que me podían causarme impacto o dolor. Pero esta misma chica que les escribe y que no había sido capaz hace 3 años de ver una película del holocausto huyendo a las imágenes fuertes era la misma que no había sido capaz de ver la película completa de “La Pasión de Cristo”. Trágico, lo sé. Se trataba de la puesta cinematográfica más visual y realista de la Pasión y Muerte de Jesús y yo llevaba años evadiéndola. ¿El motivo? Mi cobarde corazón.

Soy de esas personas que le huyen a lo que visualmente sea escandaloso. Las imágenes impactantes no sólo se me quedan grabadas como una pesadilla sin consuelo, sino que me atormentan en la oscuridad, en mis ratos donde la mente divaga y cuando mi creatividad trae a colación estas situaciones traumáticas. Nunca he visto a un ser querido en el ataúd, huí por años a los documentales de las persecuciones y muertes del holocausto y sí, no he visto las escenas explícitas de la Pasión de Cristo de Mel Gibson.

En mi vocabulario, eso podría llamarse ser precavido y no traer a la mente lo que no busca. Sin embargo, en un diccionario tradicional se traduce como cobardía o miedo a afrontar las cosas. ¿Y a qué se debe todo este preámbulo? Permítanme…

19 de abril de 2019 (Viernes Santo): son las 8:00 a.m. y mi mente está dando mil vueltas. Cuando organizo algo, todo tiene que ser perfecto. Hasta servir el agua me causa estrés porque es justo en las cosas pequeñas donde a veces se manifiestan los peores accidentes o errores. ¿Por qué tanto estrés un Viernes Santo? Dos palabras: Vía Crucis.

Entre reuniones, comentarios y una que otra petición de estar disponible para ayudar, había quedado encargada del staff para la puesta en escena del Vía Crucis en vivo. Todo un “big deal” en mi parroquia desde hace 9 años. Al principio, se hacía el Miércoles Santo a la luz de la luna y con una dinámica más cruel, extendida y que ponía a prueba la resistencia física y espiritual de todos los que participaban en ella. Luego se dio un giro de un par de grados y se pasó directamente al Viernes Santo, el día real en que Cristo vivió su Pasión y Muerte. Las condiciones ahora eran un tanto distintas: un clima desfavorable, la necesidad de madrugar para tener todo listo y una exposición máxima a que si algo salía mal, era notorio. A plena luz del día y en una ruta más corta, estábamos marcados por un reto mayor: no equivocarnos y si así fuese, que nadie lo notara. Este año mi rol de actuar o de leer alguna estación cambió radicalmente cuando quedé a cargo de la utilería de la obra. ¡En mi vida! En mi vida había estado encargada de esa área, que a título personal es una de las más complejas y detalladas. En fin, ¿un reto más no?

Todo había estado saliendo bien para mi sorpresa, mi equipo era lo máximo, milagrosamente habíamos conseguido todo…y lo que no lo habíamos producido mágicamente en el momento justo y siento que el estilo de organización y distribución de funciones hacía que nadie del equipo se martirizara ni estresara por cumplir con su parte. Y en eso pues empezó la función. Todos tomaron sus posiciones y yo como organizadora del staff me dediqué a supervisar todo y tratar de vivir el Vía Crucis.

No sé que tan tonto o extraño suene lo que voy a contarles, pero ahí les va…

Avanzado el Vía Crucis y casi que en las últimas tres estaciones, una de las chicas me pidió que guardara dos artefactos de utilería mientras llegaba la estación donde los usarían: un clavo y un martillo. Un martillo y un clavo…debo admitir que mi mente se pausó por unos minutos cuando recibí el “chat” en que ella me pedía que los sacara de mi bolsa y los tuviera listos para la estación. Al sacarlos, tomé el martillo en mis manos y comprendí todo: pesaba, requería fuerza en las manos para utilizarlo bien y ese artefacto iba directo a las manos y pies de Jesús. Sostuve el martillo por unos minutos mientras me quedaba de pie a modo de transe a unos 100 metros de la estación de la crucifixión. Luego saqué el clavo, era delicado, pero rústico a la vez y tenía una punta afilada, que iba directo a las manos y pies de Jesús. Con ambos artefactos en mis manos y asimilando todo pude recordar ese pasaje…ese bendito pedazo de la película que tanto había evitado ver por miedo a mi sensibilidad. Con un clavo y un martillo había hecho real la crucifixión. La chica se aproximó corriendo y me quitó ambas cosas de las manos mientras se dirigía a la estación. Le seguí y me paré lo más cerca que pude para presenciar ese momento. El audio grabado de hace 9 años seguía intacto y fueron reales las lágrimas que salieron de mí cuando pude ver en acción esa escena. La actuación era genial, era creíble, pero no era eso lo que me estaba poniendo emotiva, era comprender aquel momento. Cómo el más nefasto medio de muerte en aquellos tiempos había sido el elegido para dar condena a un hombre que no titubeó en derramar su sangre. Fue algo cruel, fue una muestra del rechazo del hombre a la divinidad y fue un anticipo a lo que hoy en día aún veríamos plasmado en una sociedad que señala a los que creen, que condena a los que buscan Santidad y que dan la espalda a una cruz ensangrentada por un hombre que fue enviado para dar la vida eterna. Todo lo que experimenté en esos escasos minutos terminó de dar sentido cuando en la tarde durante la Liturgia de la Pasión el sacerdote expresó claramente en la homilía que quizás debemos cuestionarnos si merecíamos esa sangre derramada, ese sacrificio de amor, esa entrega infinita. Entonces, no se trataba de huir a una escena perturbadora, se trataba de que había estado cerrando los ojos todo este tiempo y no había querido profundizar en el verdadero calvario del Maestro, de Jesús. Hablar de la crucifixión me resultaba casi que un diálogo cotidiano sin ninguna emoción de dolor de por medio, casi como si fuese un deber de Él haberse entregado. Pero ahora, teniendo claro el martirio vivido por Jesús, mi corazón se retorcía de dolor al ver esa imagen en la parroquia donde un Jesús desvanecido daba su último suspiro. Tengo que mucho que meditar en estas últimas horas del Triduo Pascual, que este sábado santo sea un período de reflexión y oración en espera de la Resurrección del Mesías.