Alicia en el carrusel

November 30, 2015

Alicia es una chica aventurera. Con sólo 19 años baila ballet, estudia en la Universidad diseño gráfico y le gusta viajar en su tiempo libre. Alicia también es muy observadora, le gusta escribir y vive con mucha alegría su juventud. También es una joven católica practicante llena de enigmas y con ánimos de cambiar el mundo. Es por eso que Alicia cada vez que puede me escribe de vuelta y me cuenta alguna anécdota que le haya dejado una enseñanza. Recientemente me escribió sobre un viaje en el metro, ahora vuelve a expresarme sus pensamientos y reflexiones desde un carrusel en el centro comercial.

Veamos qué aprendió Alicia desde el carrusel…

 

Cualquiera que sale de trabajar al mediodía un sábado y tiene que almorzar fuera de casa sabe que en los centros comerciales se vuelve una lucha de sillas calientes por conseguir puestos. Ya sea limpios, con compañía incluida, sucios o con sobras de comida, es la triste realidad de los ciudadanos que buscan un respiro de la rutina semanal para ir al centro comercial y comprar, pasear y por supuesto, comer. Alicia no es la excepción a la tendencia. Los sábados su rutina es la misma. Sale a las 12:00 p.m de la oficina, toma el bus (porque le da pereza caminar hasta el metro) y se dirige al centro comercial para almorzar y luego ir a casa (Alicia vive un poco lejos). Generalmente siempre pide la comida para llevar porque sabe que caminar con la bandeja por todo el “food court” no es ni divertido ni seguro, especialmente si come en el área de comida que está llena de juegos y niños corriendo. Y aunque resulta tedioso, siempre consigue algún puesto dónde comer tranquila, tomando en cuenta que muchas veces le toca dar vueltas y caminar un par de minutos con la comida en mano. En fin, aquel sábado parecía ser como cualquiera para Alicia. Más que nunca tenía que comer rápido porque tenía que viajar al interior a buscar unos pedidos para la oficina y por allá mismo se quedaría para pasar el fin de semana con unos amigos, sin embargo, la oficina de entrega de pedidos cerraba temprano y Alicia se encontraba en medio de una tremenda carrera para llegar a tiempo al loca en el interior. Pidió un emparedado de jamón con queso, papas fritas y té frío y empezó su búsqueda implacable de un asiento en medio de la multitud. En esa área de la comida en particular había una fila completa de asientos individuales que tenían de frente la atracción principal del centro comercial: el carrusel. Un imponente carrusel con música entretenida y lleno de colores llamaba la atención de miles de niños a diario que se subían a dar un paseo. Fue allí cuando Alicia pudo notar algo impresionante: un puesto vacío. Justo en la esquina de la fila de asientos había un puesto limpio, sin sobras de comidas o bandejas ajenas y el asiento estaba vacío.  Literalmente la llamaba a sentarse y comer, con apuro, pero cómoda. Alicia no lo dudó ni un segundo.  Quizás era la desesperación de encontrar un asiento rápido o el hambre inmensa que tenía porque no había desayunado ese día o la presión del horario del local para volar al interior a sacar el pedido, pero Alicia aceleró el paso, se sentó y empezó a comer. El emparedado era delicioso, en especial por la salsa secreta de la casa que siempre emocionaba a Alicia, sin embargo, pronto su interés se tornaría a algo más importante que su almuerzo y le dejaría nuevamente una impactante lección de vida.

Mientras Alicia comía, el carrusel se detuvo. Una muchedumbre de niños subió al aparato y detrás de ellos un grupo de padres de familia que les harían la compañía de seguridad.  Y cuando el carrusel tomó vida y empezó a girar, Alicia pudo observar distintas caras, actitudes y estaciones.

Primero vio a una pequeña sonriente con su mamá al lado. Ambas se veían muy felices y emocionadas. Su papá les hacía señas desde afuera y tomaba fotos. Era una escena emotiva y llena de dulzura, todo un retrato familiar perfecto. Y quizás así deberían ser los demás, pero Alicia estaba equivocada. Dos caballos más atrás venía un niño sentado con cara triste, sus ojos se perdían por falta de brillo en los mismos y su mamá lo acompañaba, pero a diferencia de la primera situación, esta mujer estaba fría, casi como un maniquí que sólo sostenía la cintura del bebé para que no se cayera. Su mirada era distraída, de enojo e incomodidad y de sus labios se podía entender como murmuraba enojada de cuánto iba a durar aquel aparato. Más atrás y después de un par de vueltas, Alicia pudo captar un padre con su hijo. No estaban sentados en ningún caballo, sino en unas tazas que giran gracias a un timón. El niño gritaba emocionado y giraba cada vez el timón, sin embargo, a los pocos segundos fue interrumpido por un grito en seco de su padre, quién detuvo el timón de forma abrupta e hizo que salieran un par de lágrimas de los ojos del año. Allí sus ojos brillosos se apagaron totalmente. Su padre sólo quedó en silencio y ambos callaron mientras el carrusel seguía andando. Y todavía más atrás había una niña sola (era más grande que el resto de los niños). La misma montaba un caballo y gritaba. Y sí que gritaba. La verdad tantos casos incómodos me estaban quitando la emoción de la comida. La niña gritaba y gritaba “¡Mamáaaaa, mamáaaa mírame!” Entonces me di cuenta. Su mamá estaba sentada al lado mío, por eso gritaba cuando pasaba cerca de mi puesto. Su mamá hablaba por teléfono y sólo le hacía señas de disgusto por no dejarla hablar en paz. Después de unas vueltas la niña dejó de gritar, pero supongo que sus lágrimas hacían más ruido que cualquier grito. Y para rematar tantas situaciones combinadas, cerca de mí estaba un niño llorando que jalaba a su mamá hacia el carrusel. Podía tener unos 5 años. Su mamá, cargada de maletas y con el celular en mano, lo ignoraba. Y lo ignoró bastante hasta que su paciencia se acabó y le dio un gran jalón mientras le gritaba que se callara, porque no lo llevaría a jugar al carrusel. El niño hizo caso y se quedó inmóvil, sin embargo, ni su cambio de conducta hizo que la mamá cumpliera su palabra. Sólo esperó a que el niño se distrajera un poco y lo tomó de brazos para alejarlo del lugar. Poco después se podían escuchar los mismos gritos, pero esta vez a la distancia.

Sí, fue bastante incómodo para Alicia. Ver tantos episodios distintos la hicieron llegar a la misma conclusión: los niños interiores de los padres se han escapado y muerto. La frase cliché de “no dejes ir a tu niño interior” no aplicaban en estos casos, a excepción del primero. ¿Cómo podían ser niños estos pequeños si sus benefactores y acompañantes estrella actuaban de forma tan amargada? ¿O era que estaban consumidos por la edad y estrés? Sea como sea, no estaban permitiendo a sus hijos ser lo que eran: niños. Y suena triste, pero se torna una cadena de frialdad, aburrimiento y actitudes llenas de poca empatía y carisma. ¿Bajo qué condiciones estamos criando a los pequeños de la casa?

Quizás estás cansado, estresado por las cuentas y el trabajo, pero si tienes hijos y más si son unos pequeños aún comprende algo: no puedes hacer que tus niños piensen, actúen o sean como tú a la edad que tienes. Ellos son niños, déjalos reír, gozar, divertirse y jugar….como niños. Dios te bendiga esta semana. Gracias Alicia por siempre enviarme vivencias como estas para contar.

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