Alicia y el repartidor de mensajes

February 22, 2016

 

Ya extrañaba a este personaje. Después de sus largas vacaciones en las Islas de Pascua, Alicia se inmutó en escribirme nuevamente para colaborar con el blog. La verdad es que no sé qué más puede pedir ella. Después de haber terminado su relación amorosa se ganó un viaje de dos semanas a un destino que ella quisiera por ser la colaboradora del mes en las clases extracurriculares de la academia de danza. Y para acabar de rematar su buena racha de sorpresas, pudo elegir las Islas de Pascua, su sueño frustrado de viaje para conocer las increíbles y misteriosas imágenes antiguas. El punto es que mi querida amiga se fue por dos semanas a disfrutar de esta experiencia y justo cuando volvió se dirigió a la academia para dar sus totales agradecimiento y realizar su matrícula para el nuevo cuatrimestre. No tenía ni 48 horas en la ciudad ya de vuelta del viaje cuando le sucedió una de esas cosas que sólo a Alicia le suelen pasar: una vivencia más para contarme y compartir con ustedes. Como Alicia aún está algo cansada del viaje, me ha cedido el espacio para yo contar lo que le sucedió, ya que la única forma en que pudo contarme del cansancio fue por una larga y detallada nota de voz en Whatsapp.

 

Alicia suele andar en taxi o en carro, a veces prefiere ir a pie para hacer ejercicio o le da un buen uso ambiental a su bicicleta si se trata de actividades cercanas a su casa. Sin embargo, detesta los buses de ruta interna. ¿Razón? Demasiadas paradas, demasiada gente y poca eficiencia del tiempo. Sin embargo, hay que aceptar que son el medio más económico. A pesar de que casi nunca montaba un bus de ruta, aquella mañana había despertado temprano y había salido rápido a la academia pensando que habría tranque. Al parecer, su kilométrico viaje a la isla misteriosa le había hecho perder la noción del calendario y no recordaba que aún faltaban dos extensas semanas para que las clases regulares empezaran. Por ende, la calle estaba despejada y sin tranque alguno. Tomando en cuenta su cuenta de ahorros, que ahora estaba completamente en números rojos (porque aunque se ganó el viaje, gastó mucho en comida, souvenirs y pagó días extras en la ciudad para conocer Chile en su máxima expresión) se vio en la necesidad de tomar un bus antes de llamar al taxi. Sin tranque, con casi hora y media de adelanto y un bus justo en la parada casi vacío, Alicia dejó su orgullo de transporte y tomó el bus interno que la dejaría prácticamente al lado de la academia.

 

Aquí inicia su hermoso y peculiar testimonio.

 

¿Cuántas veces has visto  a hermanos subir a los buses para predicar la Palabra? Yo casi todos los días y la verdad independientemente de la religión que profesen los respeto y admiro mucho. Sin embargo, son pocas las veces que veo hermanos católicos haciendo esta hazaña. Compartir la Palabra representa algo que va ligado con la valentía, el conocimiento y los deseos verdaderos de transmitir ese mensaje a los demás. Y aunque hay ocasiones en que los que predican piden algún recurso a cambio, otros lo hacen por mero deseo de evangelizar y colaborar en la diaria tarea de agradar más al Señor. Alicia es buena escuchando. Sea la religión que sea, siempre apoya y presta atención. Es un saco de mente abierta con todo y que es una joven católico bastante activa y eso le ha regalado la oportunidad de compartir con muchas personas, conocer más de la vida y descubrir problemáticas y realidades ajenas a la suya.

Pese a todo esto, aquella mañana Alicia estaba frustrada y sin ganas de escuchar o hablar con nadie. En lugar de estar feliz por su súper adelanto de hora y la gran ventaja que le llevaba al tiempo para llegar a la academia, estaba enfadada porque su cansancio merecía más horas para dormir y ahora tenía casi hora y media perdida en una buena siesta que seguramente no podría retomar en el bus. Refunfuñando entre dientes y con una sonrisa completamente fingida, subió al bus y se dirigió al penúltimo asiento para desconectarse de todo durante el tramo hasta su destino. Sus audífonos blancos con azul se asomaban entre su cabello lacio y negro mientras escucha un cover de “Maps” de Maroon 5. Así se mantuvo tranquila y sin distracciones por unas 5 paradas. Era una cálida mañana de verano con las mejores vibras y Alicia estaba próxima para experimentar una vivencia muy especial y diferente, digna de contar.

 

En la sexta parada, un joven de unos 19 años subió al bus y con guitarra en mano esperó que los demás se acomodaran para empezar a cantar. La letra de su canción no llamó la atención de Alicia, ella suele escuchar a volúmenes exagerados su playlist y por estar al fondo del bus se le hacía distante la voz del joven. Sin embargo, como se sabe que la juventud siempre es dinámica, el chico no tardó en empezar a cantar por todo el bus aprovechando que el mismo estaba algo vacío y se estacionó justo frente al puesto de Alicia, buscando despertar en ella algún interés en escuchar su música. No le causó interés alguno en escucharlo, pero sí logró que Alicia se levantara prácticamente de su asiento y se bajara en la parada siguiente. Debo admitir que he hablado con Alicia de esta actitud poco tolerante que suele presentar cuando no está en sus mejores humores.

 

En fin, Alicia bajó del bus y esperó a que pasara otro bus de la ruta para seguir su camino en paz. O al menos eso esperaba ella. Lo que Alicia no sabía era que justo después de esa parada, su amigo el músico había terminado su presentación y dos paradas después se había bajado a la espera de un nuevo bus. Después de unos minutos que le quitaron tiempo de delantera, Alicia tomó un nuevo transporte y esta vez tuvo que abstenerse a quedar de pie, ya que el bus se encontraba más lleno. Debido al tiempo que había perdido en la parada, ya se encontraba más justa para llegar a la academia, por lo que no podía repetir la gracia de cambiar de bus o ruta. Semejante sorpresa se llevó Alicia cuando dos paradas después vio al mismo chico de la guitarra subiendo al bus. La historia se repetía, era un tema de karma, fuese lo que fuese Alicia no estaba contenta. Y cuando Alicia no está contenta suele hacer dos cosas: o se cierra mentalmente y pierde la cordura (generalmente lo hace cuando se trata de discutir con alguien o cuando está sola) o me escribe en Whatsapp para desahogarse. Gracias a Dios apeló a la segunda opción.

  • Mariee…Mariee…Mariee (bien a lo Sheldon de The big bang theory)

  • ¿Qué?... ¿qué?...¿qué?...

  • Caray, ¿es normal que un chico con guitarra me esté persiguiendo por la ruta del bus?

  • Eso depende, ¿es guapo?

  • Mariee….

  • Bueno, bueno. Define perseguir. ¿Es un acosador? ¿Llamo a Carls? No, espera. No, ya Carls no entra en nada de esto.

  • Mariee no. No me acosa. Es de los tipos que se suben a pedir dinero supongo. Pero me bajé del bus anterior huyéndole y resulta que también se subió en este nuevo. No ando de humor y está cantando.

  • Bueno Alice (suelo decirle así para calmarla), ¿y si es una Dioscidencia? ¿Por qué no le prestas atención? Si te pide dinero sólo ignóralo y ya.

  • Vale. Paso a tu casa en la tarde, voy rumbo a la academia.

  • Vale. Be happy querida.

Y para sorpresa de Alicia, el chico no buscaba dinero. Ni ayuda, ni era un acosador. Debo admitir que me siento feliz de haber sido intermediaria de esta vivencia que hoy comparto de Alicia. Este chico era un joven católico repartidor de buenos mensajes. Sí, toda una novedad. ¿Por qué? Porque no todos los días ves a un joven católico predicando la Palabra y en el caso de Lucas, como se llamaba el susodicho, de cantar por cualquier rincón letras de esperanza y paz. Alicia dejó de lado su playlist y escuchó a Lucas mientras se refería a todos los ocupantes del bus. Quedó impactada con sus palabras.

  • Bueno, espero que todos tengan un buen día. Mi nombre es Lucas y soy un repartidor de mensajes. La parroquia a la que asisto ha implementado este proyecto durante vacaciones de verano para que la juventud se anime a salir a llevar el mensaje del Señor. Por eso, les pido que después de escuchar esta canción me den un número del 1 al 10 y yo les haré una breve reflexión con el permiso de todos sobre algún pasaje bíblico que el Señor, por algún motivo, quiere que se comparta en este bus.

Lucas cantó la canción “llévame dónde los hombres necesiten tus palabras…” supongo que se saben el resto de la letra y luego entre sonrisas y aplausos, compartió con todos los presentes la opción 4, elegida por una señora anciana que estaba sentada cerca de él, en los asientos azules para discapacitados y mayores. La cita bíblica elegida fue la siguiente:

 

Del santo Evangelio según san Mateo 13, 31-35
En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas. Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente. Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas, y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: "Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo."

 

Luego de esto, Lucas procedió a darnos una reflexión hermosa, donde hablaba de la fe, de las ganas de dejarnos amar por Jesús y el énfasis que daba el Papa Francisco para ser humildes y buscar esa sencillez en el corazón y que el Reino de los Cielos pide a diario que seamos eco del amor de Jesús. La verdad quedé impactada. Primero, porque nunca había visto una iniciativa tan linda y dinámica. Y dos, porque en aquella ruta del bus, rumbo a mi matrícula de la academia, había recibido con todo y que había intentado huir en primera instancia y por ignorancia, un mensaje del Señor fuerte, directo y lleno de amor gracias a un joven que había sido aquella mañana un noble instrumento de esperanza.

 

Aún faltaba media hora para que la academia abriese sus puertas para matrículas, por lo que me bajé en la misma parada que Lucas, aunque no fuese la mía, esta vez era yo quién necesitaba hablar o de la atención de este chico para agradecerle por semejante regalo.

 

-Hey, espera, ¡amigo de la guitarra!

 

-Amigo de la guitarra, qué buena forma de llamar a alguien. ¿Qué deseas?

 

- Sólo agradecerte. Me he levantado con los ánimos algo tercos y he tratado de huirte aunque quizás no lo notaste, pero gracias a Dios y a las coincidencias divinas he podido escuchar tu mensaje y ha sido tremendo. Gracias Lucas. Has alegrado mi mañana.

 

- Pues amiga, no he sido yo. Jesús quería hablarte. Él solo me utilizó de intermediario. Pero me alegra que te haya ayudado, tu agradecimiento me reconforta.

 

- ¿Siempre estás por ahí en los buses?

 

- Quisiera, pero el trabajo me trunca las ganas. Estoy de vacaciones y la iniciativa de la parroquia apenas ha iniciado. Tenemos una semana en esto. Probablemente si andas constantemente en bus te encuentres a otros de mis hermanos por allí. No con guitarra, esto es un aporte extra. Otro don del Señor.

 

- Bueno, ha sido un placer y de nuevo mil gracias. Esperaré otro bus para llegar a la academia de danzas que está a unas calles.

 

- ¿Bailarina? Genial. Te acompaño. Mi faena aún empieza.

 

Ambos tomaron el siguiente bus, sólo que esta vez nadie huyó ni hubo malas vibras que ocultar. Alicia se bajó tres paradas después en la academia mientras Lucas siguió en aquella ruta cantando y evangelizando. Sin duda alguna, Alicia no sólo había tenido una vivencia nueva y enriquecedora, sino que había ganado una lección de vida de la forma menos esperada. Muchas veces Jesús quiere hablarnos por muchos intermediarios: amigos, mensajes, libros, hasta películas o eventos y ya sea por pereza, miedo o por una mente cerrada no logramos escuchar su mensaje. De esta experiencia Alicia aprendió dos cosas:

  1. Hay que estar siempre dispuestos para escuchar al Señor, nunca sabes cuándo te hablará ni de qué forma.

  2. La juventud católica necesita más jóvenes como Lucas, con ideas frescas, dinámicas y con ganas permanentes de cambiar al mundo y evangelizar desde el carisma de ser un joven activo y católico.

 

Gracias Alicia por siempre compartir conmigo estas vivencias tan enriquecedoras. Espero próximamente otra historia que contar con un mensaje tan directo y hermoso como este.

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