La amabilidad

March 23, 2016

 

“La vida no es más sencilla cuando eres un joven católico”, eso me lo dijeron cuando estaba en proceso de hacer mi confirmación y entendí esa frase al comenzar a ayudar más en la iglesia. Supongo que uno nunca aprende a cabeza de otro, y sinceramente no es fácil, pero tampoco es imposible ser un joven católico. Muchas veces, a pesar de tener buenas intenciones de ayudar a alguien, algunas personas no las aprecian. He aquí nuestro tema: la amabilidad.

 

Desde la primera comunión nos enseñan los 10 mandamientos de la ley de Dios. El primero dice: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Tanto la primera como la segunda parte son algo dificil, pero me enfocaré en la segunda: “[…] y al prójimo como a ti mismo”. ¿Qué significa esto? Sencillamente tratar a tu hermano como te gustaría ser tratado y honestamente, ¿estás poniendolo en práctica?

 

Pongamos un ejemplo: estás en la comunidad de tu iglesia y allí tienes  un hermano que dice cosas falsas sobre ti, ¿cómo reaccionarías? Sé que muchos lo harían mirándole e incluso hablándole de la misma manera; se torna algo reciproco. Pero pocos dirán, “oraré por aquel hermano y lo perdonaré”.

 

Usualmente cuando estoy en la universidad tengo de tres a cuatro clases por día y me toca cambiarme de salón de un piso a otro. Por lo regular llevo demasiadas cosas en las manos (mi bolsa, mi abrigo, mi lonchera, etc) y prefiero agarrar el elevador a bajar por las escaleras, tropezarme y caerme con todo (soy un poco torpe). Al agarrarlo, siempre hay una o dos personas dentro y siempre saludo con un “buenos días” o “buenas tardes”.

Una vez entré al elevador y estaba una muchacha con su celular. Le dije “buenos días” y ella ni siquiera mencionó una palabra. Bajamos a planta baja y no se dio cuenta que era su piso. Casi al cerrarse la puerta alzó la vista y toqué el botón para que lograra salir; se fue sin decir un “gracias”.

 

En otra ocasión yo venía muy cargada y mientras caminaba hacia el elevador este se estaba cerrando. Un muchacho que estaba dentro sacó su brazo para detenerlo del todo. Entré y le agradecí. Al llegar a su piso me dijo antes de irse “que tengas buenas tardes, cuidate”. Me sorprendí.

 

Tengo un grupo de whatsapp con mis compañeros de la universidad y muchos estamos claros que si queremos respuestas no podemos preguntar ahí; es un milagro si alguien te responde. Una vez un muchacho preguntó sobre la clase de psicología, vi el mensaje y esperé unos 5 minutos. Nadie respondía. Quise romper el hielo y le contestamos una compañera y yo buscando resolver su duda. Al rato, otro chico escribe, “un aplauso para estas chicas que tan siquiera aclararon la duda del compañero”. Desde ese momento me dije a mi misma que contestaría si alguien escribía ahí.

 

Otro día cuando ya me iba de la universidad un muchacho caminaba frente a mi y se le cayó la tapa de la pluma y quedó justo alado de mis pies. La recogí y devolví, y él con un sonrisa dijo, “muchas gracias; muy amable”.

 

Con todos estos sucesos entendí que puede haber gente muy agradecida así como quienes no pueden decir ni un simple “gracias”. El hecho está en ¿cómo quiero tratar a los demás?. ¿Dejándolas en visto en whatsapp? ¿No deteniendo el elevador cuando puedo hacerlo? ¿No decirles un “que tenga una bonita tarde”? ¿No ayudándolos?.

 

¿Cómo quisiera que me trataran los demás?

 

De hecho, el día que aquellos amables jóvenes me detuvieron el elevador y me dieron las gracias me sentí muy alegre. Pero, ¿qué sucedería si yo dijera “que tenga un lindo día y que Dios lo bendiga”? No perdería absolutamente nada, y  si de cinco personas al menos una sonríe, créanme que habré cumplido mi objetivo del día.

Aprendí en este tiempo de Cuaresma a amar al prójimo como a uno mismo y que se puede demostrar con un simple acto cómo responder un mensaje o recoger la tapa de una pluma. Recuerda ponerte en los zapatos de los demás, ser amable todo el tiempo y que a pesar de que no muchos te lo agradecerán, Dios verá la intención de tu corazón.

Los reto a hacer la diferencia conmigo. Si entras en un elevador o llegas a algún lugar recuerda decir “buenos días”, “buenas tardes”, y al irte un “que tengan un lindo día y que Dios los Bendiga”. Seamos los primeros en hacer la diferencia y verán lo bien que se sentirán a pesar de que los miren extraño o no se los agradezcan.

 

Espero que esta Semana Santa sea de mucha reflexión y cambios en sus vidas.

Sean la princesa o el príncipe de Dios que ya eres.

Dios te Bendiga.

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