Alicia y sus fantasmas de Semana Santa

March 28, 2016

 

Hay días en que Alicia está de buenos humores y me cuenta sus vivencias por una buena jornada de Skype. Otras veces se apunta a los largos cuentos por nota de voz y en otras situaciones más creativas sólo toca la puerta de mi casa con una pizza familiar de hongos y jamón para tenderme una visita “plus” un nuevo tema para el blog. Sea como sea, Alicia se las ingenia para convertir cada experiencia en un testimonio magistral de enseñanza y hasta diversión.

 

En Semana Santa, el caso cambia un poco. Cuando Alicia entró a la pastoral juvenil hace un par de años se hizo autoritaria de un par de problemas, chismes y hasta triángulos amorosos que marcaron no solo su vida, sino su modo de ver la misma y a esas personas. Y algo que aprendió a ver como una vivencia no de una vez, sino de forma anual, fue su bendito paso por la particular Semana Santa. Es sin duda, la Semana Mayor y más importante y gracias a la vivencia de Alicia, hoy puedo compartirles de la mano de esta mente algo siniestra pero también realista, su perspectiva clara, directa y algo cruel de cómo se “vive” la Semana Santa vs el resto del año en la mente de algunos individuos.

 

(Por Alicia)

 

Sabes que la Semana Santa ha iniciado cuando el Templo se llena de caras familiares, de esas que sólo ves por estos lares una vez al año. Si bien es cierto todo el año la iglesia se mantiene activa, vivimos cada tiempo, ya sea de Pascua o de Cuaresma u ordinario y entre actividades y oración vamos formando nuestro camino de fe en busca de ser mejores cristianos. Entonces, ¿por qué hay gente que todavía que insiste en volverse católica sólo por una semana? ¿Acaso creen que lo único que vale es aparecerse y participar de los ritos y Misas de Semana Santa para salvarse? ¿Y el resto del año qué? No quiero entrar en mucha polémica porque la verdad ya hay bastante en el área para aumentar el drama, sin embargo, me parece bastante adecuado que recién pasada esta Semana Mayor, les exponga una realidad poco lógica y poco brillante que es digna de aquellos que se aparecen con su cara reída y la insignia de “católico orgulloso” por una bendita semana para luego retomar a sus labores cotidianas típicas de un miembro real del mundo popular.

 

Yo en lo personal amo la Semana Santa. Pese a que se trata de una semana de sentimientos encontrados dónde experimentamos la reflexión y dolor de Jesús en la cruz, sabemos que el final del tramo es un despliegue de alegría y gozo por la Resurrección de ÉL. Entre los días libres del trabajo para vivir prácticamente en la iglesia, los ritos y los significados claves de cada momento y el compartir entre hermanos, la Semana Santa es símbolo de unidad, reposo y oración constante, dónde meditamos cada paso de Jesús en su pasión, la cual se ve culminada con la gloriosa Resurrección el Domingo de Pascua.

 

La verdad es que generalmente vivo la Semana Santa de forma intensa y alegre, pero sería todo más alegre si pudiese comprender por qué hay personas que insisten en convertirse en fantasmas y sombras poco agraciadas que aparecen precisamente en esta semana para “vivir a plenitud” todo lo que conlleva. Entonces, antes de pensar que hablo de historias de ultratumba o de almas en pena que divagan por los pasillos del Templo, permítanme presentarles a algunas personas que hasta la fecha, repiten la misma heroica y valiente hazaña sin pena alguna de hacer un acto de presencia casi que mediocre e insensato para ser “católicos por una semana”.

 

Primero está Antonio, el típico chico buena gente que tiene tantas cosas que hacer con su vida que sólo tiene tiempo para Jesús en Semana Santa. Entre la Universidad, el trabajo, las clases de karate y la liga de beisbol, su año se basa o gira en torno a estos eventos. A duras penas va a Misa el domingo (con todo y que ese día está libre del trabajo) y sus pasos por la parroquia implican la fiesta del santo patrono, a veces Navidad y por excelencia, Semana Santa. Durante Cuaresma, su sentido eclesial empieza a despertar y conforme se aproxima el Domingo de Ramos, Antonio busca una responsabilidad fija en la parroquia. Ya sea actuando, ayudando a armar un anda o limpiando el Templo, la Semana Santa se convierte para él en una fecha sagrada, lástima que sólo ve la necesidad de estar cerca de Jesús y la iglesia por 7 días. Al final, el cuento es el mismo, Antonio se convence de que es tiempo de comprometerse a ofrecer su servicio a la iglesia y termina la Semana Santa bastante motivado, sin embargo, con el paso de los días su emoción se ve opacada por la rutina diaria, las responsabilidades y el cansancio que acompaña la faena y termina alejándolo de su visión o meta de Pascua. Así, Antonio se aleja nuevamente de la iglesia, volviendo como un alma en pena que se aproxima a su destino fiel un año después, repitiendo el ciclo de forma permanente.

 

Por otro lado, está Julianne, literal de las mejores cantantes que he escuchado en mi vida. Su voz angelical impacta a cualquiera que tenga la dicha de escuchar su melodía. Julianne es tan profesional en lo que hace, y ella lo sabe, que con el tiempo fue enterrando una parte primordial de su vida de fe: su formación espiritual. Entre ensayos, halagos y muchas invitaciones, Julianne llegó al punto en que sintió que no necesitaba de una vida espiritual fundamentada en la iglesia para prosperar o ser mejor católica, al contrario, tomó sus maletas imaginarias y se dispuso a vivir la vida como buena chica de ciudad y empezó a frecuentar lugares poco comunes en su diario vivir que la llenaron de fantasías falsas y se llenó la mente de un mundo o burbuja alegre dónde la fiesta, las trasnochadas de viernes en la discoteca paralela a la playa y los shots se convirtieron en su aliado. En Navidad, se iba de fiesta con sus amigos. En carnavales, viajaba unas 3 horas para llegar al mejor punto de encuentro o discoteca y bailar y tomar hasta más no poder. Pero en Semana Santa, bueno, allí la historia cambiaba. Los contactos directos con los miembros activos del coro ayudaban a Julianne para que en efecto, apareciera una semana antes de Semana Santa para aprender las canciones, ensayar y quedarse hasta con uno de los salmos de la Vigilia Pascual. Como todos los años, su presencia vocal era tan alucinante que las ganas de aplaudir después de cada salmo que cantaba debían ser severamente controladas. Y así, por una semana completa, Julianne era la ficha clave del coro para darles ese toque especial y solmene en cada Misa y procesión. ¿El detalle de esta historia o caso? Que Julianne al terminar la semana desaparecía de forma casi instantánea y sólo iba y venía cuando alguna solemnidad o evento especial se aproximaba. Julianne, con el tiempo, se convirtió en una cantante del coro por tiempo limitado, restringido exclusivamente a la Semana Santa.

 

Y luego está Virginia, el caso más particular y excéntrico de todos. La madre de las excusas lógicas y poco confiables. Virginia era una joven de 16 años cuando se ganó la beca por excelencia de la Universidad más cotizada de la ciudad para estudiar lo que ella quisiera. Dicha Universidad, por ser de una especialidad muy particular, se encontraba en las afueras de la ciudad y se convertía en obligación para sus estudiante el hecho de vivir lo más cercano posible. Esto obligó a la pobre Virginia a mudarse contra su voluntad para emprender una nueva vida. En las afueras se asentó, adaptó y empezó un nuevo caminar. Aprendió a cómo movilizarse, hizo nuevos amigos, vio cómo captaba alguna mirada de interés y lograba una conexión personal y se adaptó al clima y los horarios de almuerzo y de la copa casi obligatoria de vino. Virginia se adaptó a todo, menos al bendito hecho de dejar atrás su historia parroquial en el Templo y comenzar un nuevo caminar en la pastoral de la Universidad o de la iglesia más cercana. Así, Virginia se rehusó a ser parte de un grupo parroquial en su nueva ciudad y esperaba cada año a la Semana Santa para volver a la ciudad y “vivir” la Semana Mayor porque según ella no existen más Templos en el área dónde pueda practicar su fe. Las intenciones de Virginia son buenas, sin embargo, cada Semana Santa viaja desde el interior para volver a su alma mater parroquial y tener la experiencia de fe que todos los feligreses buscamos. Sin embargo, ¿por qué no puede vivir un camino de fe en una nueva parroquia como miembro permanente o perteneciendo a un grupo parroquial? ¿Por qué tiene que esperar hasta Semana Santa y venir dichosamente hasta acá teniendo tantos Templos en su área de residencia? Y si en caso tal desea venir hasta acá por temas de amistades, tradición o familia, ¿no puede ser un miembro activo en alguna parroquia cercana a su casa el resto del año? ¿Es acaso eso un problema de dependencia parroquial o algún melodrama emocional con seguir insistiendo en que sólo puede ir a Misa en el Templo de acá?

 

Y así como Antonio, Julianne y Virginia, hay miles de jóvenes que ven la Semana Santa como el único momento importante de encuentro con el Señor. Y aunque en efecto, esta semana es la más importante de todas, no se convierte en un tiempo de que quién lo vive exclusivamente va a ganarse un bonus de salvación o a subir escalones al cielo. La Semana Santa, como todas las semanas, es para vivirla en oración y con la mentalidad firme y clara de que somos hijos de Dios y testimonios visibles del amor de Jesús de forma permanente. Mis fantasmas de Semana Santa son un leve ejemplo de la realidad anual que afrontan las iglesias al abrir sus puertas a almas distantes durante todo el año que vuelven a la casa del Padre por 7 días que para muchos, son suficientes para tener un excelente caminar de fe.

 

¡Dejemos de ser conformistas! Ya quisiera yo aunque eso implicara llegar más temprano a Misa el hecho de que la iglesia estuviese siempre tan llena, tal y cómo lo está en Semana Santa. Ojalá esos jóvenes que se animan a actuar, limpiar y apoyar mantuviesen ese gozo y disposición durante todo el año, porque el trabajo es continuo  y no por temporadas. Mis fantasmas de Semana Santa son esas personas cuyas historias son las mismas, el ciclo sólo se repite cada año y la costumbre adapta mi mente a verlos pasar por un par de días como almas vivas y llenas de energía y luego al cabo del séptimo día verlos desvanecerse y perderse en el camino hasta el próximo año.

 

Seamos jóvenes valientes a tiempo completo, afrontemos nuestras realidades, miremos el panorama y comprendamos que la fe no es un tema de buscar dónde te queda mejor, sino ser un joven obediente y que busca una conexión personalizada con Jesús, llegando así a buscar del Señor todos los días con el mismo ánimo y compromiso de trabajar en la iglesia.

 

Espero tu Semana Santa haya sido provechosa y que tus ánimos de servicio a la iglesia y a aumentar tu fe se mantengan todo el año. Bendiciones. Gracias Mariee por siempre permitir que me exprese en este medio.

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