Alicia rumbo a la JMJ

June 13, 2016

 

(Por Alicia)

 

Polonia. Europa. Viaje. Esas tres palabras rondaban mi cabeza desde julio del año pasado (2015). Cuando en la parroquia anunciaron la convocatoria oficial para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia fui de las primeras en anotarme. Por Dios, no se necesita de mucha lógica para animarse a un viaje al otro lado del mundo y por casi un mes. ¡Casi un mes lejos de la gente marginal que atormenta mi vida! Uff…disculpen, me exalté un poco. En fin, anotarme no fue un problema y planificarme mucho menos teniendo en cuenta que mis vacaciones eran justo en el mes de la jornada tanto de la Universidad como de la academia de baile, lo cual hacía perfecto el viaje en cuestión y sin tantos embrollos de horarios. Nunca había asistido a una jornada, por lo que el término de peregrinar se me hacía algo confuso y mi visión del evento estaba centrada en un ambiente turístico, cultural y con ciertos factores eclesiales que incluían conocer al Papa Francisco (porque ese tipo es un sabio y un pro de la vida con todas las enseñanzas que da). Sé que suena algo raro de que una muchacha que está incursionando en pastoral juvenil y todo ese tema estuviese con sentimientos encontrados por la jornada, por un lado quería ir para vivir una experiencia más de mi aventurera vida, pero también quería ver como la misma me inyectaba un poquito de amor extra a la fe, ustedes saben, para acercarme más a la motivación real de servir a la iglesia. Si han leído mis experiencias pasadas pueden haber captado que con las vivencias que he tenido he logrado cambiar mi visión espiritual para bien y que he podido adquirir enseñanzas claves para buscar más al Señor, lo cual agradezco infinitamente a la voluntad divina de Cristo porque Él así lo quiso, sin embargo, en temas turísticos aún era un plomo. El tema de viajar representaba una debilidad muy fuerte que me ponía ciego el panorama y por más veces que se mencionara la palabra “peregrinar” o “encuentro espiritual” más mi cabeza decía: “te vas para Polonia, lejos de aquí, a Europa”.

 

Ahora, Mariee estaba enfadada conmigo. Como buena amiga le había comentado mi decisión de asistir a la jornada y hasta en términos económicos estaba lista para ir, sin embargo, Mariee estaba más que clara que mis intenciones para el viaje iban ligadas en un 60% a simplemente salir del país, en un 20% para taquillar con fotos en todas las redes sociales (aunque eso de seguro lo harán todos los que asistan), otro 10% para acercarme a un amigo en cuestión que me parecía súper interesante (porque las cosas con Harry se habían ido a la porra luego de descubrir que todo era un engaño mísero) y el 10% que sobraba entonces sería para todo el efecto espiritual y la unción y el encuentro con el Papa. Mariee estaba furiosa literal y hasta había iniciado una campaña en contra de mis ganas de ir. Iba a perder su solicitud porque yo estaba decidida a asistir a la jornada y nadie iba a impedirlo, ni siquiera la pereza andante que me acompañaría debido a las formaciones obligatorias que debía tomar, la convivencia y las actividades de recaudación de fondos de la parroquia. Allí Mariee me daba la mano. La situación en su parroquia era crítica en cuanto a gastos y estaban dándole a las actividades para generar ingresos y cubrir los pasajes aéreos y otras cosas básicas para poder viajar. Sólo en eso comprendía mi frustración y pereza. Ahora, ¿qué hizo que todo este proceso de espera a la jornada cambiara de perspectiva? Fácil: sólo bastó de un consejo práctico antes de la primera formación y un vistazo a lo que de verdad significaba ir a la jornada este año.

 

Todo empezó con el ciclo de formaciones. Me había perdido la primera ronda por temas de pereza + clases de baile + falta de asignar prioridades y ahora me tocaba el segundo ciclo como primer requisito del viaje. Cuando llegué a la curia ya tenía una perspectiva de qué encontraría: jóvenes entusiasmados de todas las parroquias y un equipo coordinador más animado aún con ganas de inyectarte la buena vibra peregrina. Wuju… Me sentía como esos jóvenes que van con sus papás a las charlas de los hoteles de playa obligados a aguantarse la explicación de un tipo alegre y con ánimos de convencerte a que compres una membresía para que después puedas disfrutar de forma gratuita de una estadía. El salón empezó a llenarse unos 15 minutos antes de que iniciara la formación. A pesar de que fui con mi grupo, la pereza era mi mejor acompañante en ese momento. Había estado toda la mañana ensayando para una puesta en escena del Cascanueces que sería a fin de mes y los horarios se habían puesto tan agresivos que ya no respetaban ni la hora de almuerzo…o desayuno. El aire acondicionado del aula máxima acariciaba mi mejilla de forma brutal, a tal punto que en medio del vídeo de bienvenida había estado al borde de quedar dormida por más de 4 ocasiones. La formación tenía una duración de 4 horas que abarcaba la charla en sí, talleres, un compartir de testimonios y la parte de anuncios y asuntos varios. No prometía ser una tarde divertida o interesante según mi pobre perspectiva, sin embargo, todo a mí alrededor arremetería para demostrar que estaba muy equivocada.

 

Como todo lo que involucra asuntos espirituales y de iglesia, al finalizar el vídeo de bienvenida o ambientación, el coordinar general nos invitó a unirnos a la oración mientras el coro cantaba y creaba ese ambiente de paz y serenidad. Debo admitirlo, sólo eso bastó para recibir el primer zumbido espiritual. Dejé por esos minutos el sueño y sólo me enfoqué en orar. Fue hermoso. Las palabras dichas por quién dirigió aquel momento de oración, el coro cantando de fondo y entre un abrir y cerrar de ojos ver a todos esos jóvenes de distintas parte de la ciudad juntos orando a voz viva y bajo un mismo techo y una misma misión era algo reconfortante e inspirador. Fue entonces en ese momento de oración que decidí dejar a un lado mis pensamientos negativos y poco productivos para darle una nueva oportunidad a la situación. Y sí que la pasé bien después de haberme cambiado el switch durante la formación. Aprendí mucho, pude conocer nuevos peregrinos y empecé a sentir la onda de peregrinar como algo necesario, sin miedo o sin ánimos de alterar la mentalidad de la jornada. Y al final para mi sorpresa, quedé entusiasmada con asistir a las formaciones que venían. Y así fue. Las formaciones siguientes tenían una vibra diferente, yo me mostré alegre, con ganas de seguir aprendiendo y mi mentalidad fue cambiando poco a poco para dejar de ver la jornada como un viaje y verlo como la peregrinación que es. De allí en adelante y una vez finalizado el ciclo formativo mi alegría fue creciendo y empecé a investigar sobre Polonia, sobre San Juan Pablo II y el motivo del logo del año santo de la misericordia, como un extra que iba completamente ligado a la razón de ser de la jornada este año. “Misericordiosos como el padre” definitivamente tenía una razón de ser de impacto y llamaría a la juventud de Cristo a perdonar y en efecto, vivir lo que quedaba del año santo de forma correcta.

 

La verdad es que el proceso para la jornada aún no acaba. A menos de 100 días para este encuentro, mi corazón ha sido evangelizado de forma repentina mas no temporal y he visto el amor de Dios al plasmar su misericordia, paciencia y sabiduría en cada persona que de una u otra forma ha contribuido a que comprendiera el motivo verdadero de asistir a esta jornada. Evidentemente espero recibir un choque espiritual mayor estando en Cracovia, sin embargo el trabajo ha iniciado desde acá, desde casa, al ir preparándome para este peregrinar que promete reunir millones de almas misioneras y llenas del Espíritu Santo para alzar una sola voz de alegría y misericordia para luego contagiar al mundo entero de la dicha de ser católicos. Mariee ha cambiado su forma de pensar y ha cancelado su campaña en pro de que renuncie a la delegación, ahora está detrás de mí ayudándome con el tema logístico, el cambio de clima y la lista de cosas prácticas para llevar. Todo el panorama pinta de forma positiva y sé que esta jornada mundial de la juventud será un puente para descubrir de forma más directa el inmenso amor de Cristo y traer esperanza a los demás de que a pesar de todo el caos que vive el mundo, hay esperanza en una sociedad más pacífica y más humilde donde todos trabajamos en conjunto por el bien común. Ahora puedo decir con mucha felicidad y de forma decidida: ¡qué venga la jornada, vamos a peregrinar!

 

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