Los que aprendí en la Campaña de Promoción Arquidiocesana

July 4, 2016

 

De seguro todos vieron este fin de semana que pasó una tanda de personas alegres y vestidas de naranja pidiendo dinero en las calles. Algunos que los veían pasar donaban, otros decían que no podían o que no eran católicos y otros simplemente ignoraban a los andantes con alcancías. Tres días de arduo trabajo en que sin importar la parroquia, capilla, vicaría y lugar, toda la Iglesia Católica se unió como una sola que somos para dar ese servicio y labor que implicaba pasar sol, lluvia, recorrer barriadas y entablar conversaciones con los demás para evangelizar y solicitar apoyo.

 

Quiero contarles de manera muy resumida pero significativa mi experiencia en esta campaña. Tanto sábado como domingo salí con mi grupo pastoral a las calles a participar de esta colecta, sin embargo, mi vivencia se remonta específicamente a lo que viví el domingo.

Había pasado un fin de semana bastante ajetreado. El viernes había celebrado mi pre cumpleaños (porque cumplo hoy) y el sábado había estado encerrada entre la biblioteca de mi casa y la computadora terminando mi proyecto final de graduación de maestría. Lo único que había hecho de diferente había sido ir un par de horas a la colecta y el domingo me disponía a ir a Misa tranquila y descansar lo que restaba del día. Pero un par de horas antes que acabara el día sábado, recibí un mensaje por Whatsapp de una amiga informándome que en efecto, tenía que asistir a la colecta nuevamente el domingo durante toda la mañana. Adiós descanso dominguero. Al contrario, ahora debía despertarme temprano y tras eso recorrer más calles porque el domingo la visita implicaba barriadas. La noticia no me pareció nada divertida al inicio, sin embargo, era lo menos que podía hacer después de todo el apoyo y permiso brindado por la parroquia para la Jornada Mundial de la Juventud.

 

Entonces, se llegó el domingo, me alisté, llegué a la parroquia y emprendimos un viajecito hasta una de las barriadas seleccionadas. Allá nos dejaron y nos ubicaron con otros chicos de confirmación de allá para que en equipos fuéramos a visitar las distintas calles. Sabemos que todos amamos hacer las cosas con nuestros conocidos, sin embargo, nuestro grupo iba impar y uno de nosotros debía salirse del grupo para irse con otro miembro de la capilla que visitamos para emprender el recorrido. Mis amigas sin pensarlo se unieron y literal me dejaron sin elección ni voz de voto para seleccionar mi compañero. Un niño de unos 13 años se me acercó y me dijo que podíamos hacer la colecta juntos y yo, sin opción alguna acepté. Y la verdad es que les agradezco a mis amigas haberme dejado con él, porque aprendí una enorme lección en las dos horas que compartimos.

 

En lo personal, me gusta conocer personas, sin embargo, soy demasiado penosa para dar el primer paso y entablar conversaciones. El hecho de pensar en llegar de la nada a cientos de casa tocando puerta y hablando con desconocidos que no sabía cómo iban a responderme me hacía poner algo histérica y le bajaba los ánimos al asunto. Con un niño que apenas sabía su nombre y toda una barriada completamente desconocida para mí, los nervios eran bastante notables. Sin embargo, este chico representó para mí un testimonio vivo de fe, ganas de trabajar y mucho ánimo, ánimo que fue inyectándome a medida que avanzábamos. Súper alegre, sin miedo a tocar puerta y dispuesto a caminar lo que hubiese que caminar, Jorge me dio una gran lección de vida. Me enseñó a perder el miedo, a poner la frente en alto y a siempre pensar de forma positiva con respecto a los demás, y poco a poco fue motivándome a que yo pasara de verlo actuar a empezar a gritar los “buenos días” por sí sola en cada casa y a regalar sonrisas a montón a las personas, ya fuese que apoyasen o no. Con casi 10 años de diferencia, él me mantuvo al ritmo durante toda la jornada y cuando me veía algo dudosa o asustada, me daba palabras de aliento para seguir y hasta me prevenía de ciertas casas que no debía visitar. El tiempo pasó volando y sin darnos cuenta recorrimos casi 7 calles larguísimas y pude interactuar sin pena alguna con muchas personas y hasta un par de perros tercos.

 

Esta experiencia pasó de ser algo que fui a hacer medio obligada a una vivencia de servicio y de fe completamente gratificante. Muchas veces rechazamos participar en actividades o de sudar la gota gorda porque no nos sentimos muy a gusto con el trabajo que nos piden o porque sentimos que no seremos capaces, sin embargo el Señor siempre trabaja de forma perfecta y más cuando se trata de una labor en su nombre para que todo salga bien, para que aprendamos, dejemos ciertos miedos y hasta tengamos lecciones de vida como la que tuve hoy.

 

Mis más sinceros agradecimientos a toda la acogida de la comunidad en Estancias Las Mendozas, en especial a Jorge, por ser el mejor compañero de colecta y por enseñarme que muchas veces los más pequeños tienen la mejor vibra de vida y alegría para inyectarnos.

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