¿Vivimos lo que profesamos?

July 11, 2016

 

Escuché este testimonio hace un par de semanas y aún sigue rondando en mi cabeza. De seguro te ha pasado que estabas súper emocionado por conocer algún artista porque en las entrevistas o fotos se veía lo más amable y tierno del mundo y cuando por fin se dio la bendita oportunidad de conocerlo, abrazarlo y decirle lo mucho que aprecias su trabajo te salió la bruja literal y te diste cuenta que no era como tu creías. Resultó ser quizás alguien arrogante o ajeno al sentir de sus seguidores, alguien grosero o poco interesado en interactuar con los demás. Y allí te decepcionaste. Y aunque seguiste con tu vida y no representó algo mortal, sí sentiste que te habían engañado. Que esa persona que admirabas no resultó ser lo que mostraba ante las cámaras o ante un público mayoritario. Lo mismo ocurre con las personas que dicen profesar su fe.

 

Jamás se me olvidará la historia que nos contó un amable y santo sacerdote en una catequesis mientras nos preparábamos para la Jornada Mundial de la Juventud. Él nos contó que cuando el Papa San Juan Pablo II era niño solía visitar con su papá en Semana Santa un punto de su pueblo dónde siempre recreaban la Pasión de Cristo, ya saben, con todo el drama, las actuaciones magistrales, la sangre y el dolor que cada personaje manifestaba ante el camino de Cruz de Jesús. Allí, Juan Pablo se cautivó e identificó con el inmenso dolor que manifestaba el joven que actuaba de Jesús, representando esto un momento impactante de su vida dónde a pesar de la cruda escena y su pronta edad, pudo sentir esa misericordia de Dios y pudo comprender el inmenso amor de Jesús a la humanidad gracias a esa escena. Juan Pablo salió motivado, sintiéndose amado y podía sentir en aquel joven un instrumento de Cristo para evangelizar y transmitir un mensaje tan fuerte a través de la actuación. Cuando vemos a algún actor sabemos que se trata de algo falso, algo estudiado, practicado y simplemente actuado, sin embargo, esperamos al menos que cuando se trata de actores o actrices que van a dar testimonios de santos o de Jesús mismo sean en efecto personas con convicciones firmes y con un caminar conforme a lo que actúan, algo así como una concordancia lógica de que por lo menos creen y viven lo que están manifestando. Bueno, Juan Pablo esperaba que aquel muchacho que había personificado a Jesús en plena Semana Santa fuera un ejemplo para él, sin embargo se llevó tremenda decepción cuando un par de horas después de la obra, pudo divisar a aquel mismo muchacho, aún con algo de maquillaje, en un bar cerca de la parroquia emborrachándose hasta quedar de plano inconsciente. ¿Se imaginan la sorpresa y la decepción de Juan Pablo cuando vio esta escena? Aquel mismo joven que le había causado tanto dolor como Jesús ahora se tomaba una jarra de cerveza mientras tiraba al aire palabras obscenas con otros compañeros.

Dando un ejemplo menos radical, ¿qué onda con aquellos jóvenes que asisten a grupos parroquiales y que salen en fotos de eventos católicos, conciertos, retiros, dando entrevistas o publicando mensajes de reflexión en sus redes sociales y esos mismos jóvenes están hasta la madre en una discoteca tirados por ahí y borrachos  un sábado por la noche o en otro ambiente lejos de la iglesia ( y no es lo mismo salir a divertirte sanamente a quedar gritando barbaridades, tampoco nos confundamos) toman otra máscara y son personas que gritan obscenidades o que están revueltos con dos o tres personas a la vez. ¿Dónde queda la congruencia de tus palabras con tus actos?

 

Mi punto con estos ejemplos es muy específico: empecemos a examinar nuestra forma de pensar y veamos si concuerda con nuestra forma de actuar. De nada sirve que grites a los 4 vientos que eres católico si tus acciones públicas y ocultas manifiestan otra cosa. No fuimos creados para ser tibios o estar en una confusión de identidad. O somos del equipo de Jesús o no lo somos. Y esto también lo digo dirigiéndome a aquellos que dicen ser jóvenes católico, activos, practicantes, con sus talentos dispuestos a evangelizar, pero tiene una personalidad de desmadre llena de egocentrismo, pesadez, son pedantes y hasta buscan generar rencores o hundir a sus propios “hermanos en Cristo”. De anda sirve que tengas una vida tranquila literalmente y con buenas acciones si tus actitudes humanas son un total caos.

 

 Entonces, mi llamado de atención va para todos aquellos jóvenes que un buen día decidieron ofrecer su juventud al servicio de Jesús y la iglesia, para que retomen ese pensamiento en su totalidad y comprendan que somos jóvenes católicos dentro y fuera del Templo. No se trata de privar tus salidas o de convertirte en una persona que solo va de la casa a la iglesia y viceversa. Se trata de aprender a ser testimonio y ejemplo dentro del mundo. ¿No sería genial poder salir a una discoteca con buena música o a un concierto de un buen artista y que puedas comportarte de forma decente, sin causar faltas a Dios y la vez divertirte? Somos llamados a hacer líos y esos líos empiezan por marcar la diferencia. Y además de ser ejemplo, es contagiar a los demás demostrando que se puede ser joven y decente a la vez. Anima a tus amigos a través de tus actitudes a intentar salir de fiesta sin quedar borrachos, demuestra a tus amigos que no es necesario estar cambiando de novio o novia cada mes para sentirse amado, no te encierres en tu cuarto, al contrario, haz lo que te gusta pero siempre con Cristo como principal protagonista y testigo de tus acciones. Sé un joven valiente que puede crear una nueva tendencia, una nueva moda: no es necesario ser del mundo para disfrutar del mismo.

 

¿Te animas a ser diferente de la mano de Jesús?

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