¿Demasiado grande para un encuentro juvenil?

August 23, 2016

 

Actualmente tengo 24 años. No soy ni la más adulta del rincón de los veinteañeros ni tampoco soy la más chica de mi grupo juvenil. Soy como una edad intermedia que en este preciso punto de su vida está en busca de respuestas un poco diferentes a las de los demás y sus interrogantes ya no son las típicas pláticas de temas que solemos ver en los retiros. Hay que ser un tanto realistas. Hace 5 años cuando entré al grupo juvenil lloré a cántaros por esos temas de problemas con tus padres por comunicación, amores fallidos, heridas emocionales y toda esa esencia de experimentar por primera o segunda vez aquellos momentos intensos de oración llegaban a mi ser no sólo para sentirme identificada con cada palabra dicha sino también para sanarme. Ahora la historia es un tanto diferente. Si bien es cierto aprendemos en cada encuentro o retiro al que asistimos algo nuevo y la Palabra de Dios siempre nos tendrá una nueva lección de vida aunque ya la hayamos escuchado 20 veces en distintas ocasiones o años. Sin embargo, también es cierto que a medida que crecemos nuestras emociones van madurando y los problemas que vivíamos cuando teníamos 15 años ya son una pequeña sombra del pasado en comparación con las dudas espirituales y sociales que experimentamos teniendo 22 o 25 años. Y puede pasarnos que como yo, lleguemos a ese punto en que sentimos que ya estamos muy grandes para ir a encuentros juveniles donde sabemos que van a hablar de los padres, los novios que nos dejan y las heridas de vacío que te ha dejado la niñez. ¿Y por qué se mantienen  vigentes estos temas siempre? Pues porque los encuentros juveniles reciben anualmente a nuevos jóvenes que jamás en su vida les han hablado de Dios y necesitan escuchar estos temas que quizás tú y yo ya venimos escuchando desde tiempos remotos por nuestra continúa participación en la iglesia y un grupo juvenil.

 

Ahora, entrando en algo más específico, quiero contarles de forma muy breve mi experiencia el día de ayer en el Encuentro Juvenil Arquidiocesano o mejor conocido como EJA. Precisamente va por la onda que les comenté arriba. ¿Por qué voy a ir si de seguro tocarán los mismos temas de siempre y nada me llegará de forma profunda porque no me siento identificada? Esta era la interrogante que me hacía cuando mi alarma sonaba a las 7:00 a.m del domingo para recordarme que tenía que ir al encuentro. Estando en grupos juveniles muchas veces asistimos a eventos católicos simplemente por la costumbre de ir siempre, por ver a los chicos de otras parroquias o para decir que estuvimos allí, porque como joven de pastoral juvenil tú debes es estar en esa fecha en aquel evento. En esta ocasión, no tenía muy claro el porqué de mi asistencia. No iba a presentarme en algún punto artístico, no iba como responsable de ningún grupo (porque la comunidad a la que pertenezco iba pero todos somos bastante grandes), no iba a trabajar y como un bono extra, estaba trasnochada de un concierto de uno de mis grupos favoritos. Simplemente iba a tratar de vivir el encuentro, situación que tenía rato de no experimentar ya que generalmente siempre ando en el otro lado de la partida: organizando. Entonces, no sé si fue porque mis amigos iban y de seguro me sentiría muy sola en la parroquia al asistir a Misa o por la costumbre de estar asistiendo los últimos tres años al encuentro, pero al final me decidí y fui. Y fue la decisión más acertada. No sólo pude reencontrarme con nuevas amistades producto de la JMJ o con viejos amigos de otras parroquias, sino que en medio de la oración y los temas de las prédicas pudo llegarme un mensaje que no sabía que aún tenía en mi corazón: una vieja herida que al parecer aún seguía un poco latente pudo asomarse tímida, pero fuerte para recordarme que nunca estamos lo suficientemente grandes o experimentados para no necesitar un abrazo fraterno o palabras de amor sinceras de parte de quiénes han llegado a muchos con su testimonio. Me agarró con sorpresa, pero a pesar de sacar a flote emociones un tanto pesadas, fue una bonita sorpresa para una vez más, darme la oportunidad de entregarle al Señor aquellos miedos o dolores que estaban dentro de mí. Y aunque los temas siempre sean bajo la misma línea, siempre Jesús se las arregla para llegar a nosotros desde nuestras distintas realidades. En medio de la oración y el canto, sentí esa liberación que ni siquiera yo sabía que podía experimentar aún.

 

En conclusión, estoy completamente agradecida con la experiencia vivida en el EJA y por literal callarme la boca una vez más, haciéndome comprender que aunque pasen los años, siempre sacaremos frutos de estos encuentros. Por eso, te invito a dejar de pensar que tu tiempo de conversión ya pasó o que estás por encima del nivel, ya que siempre habrá un nuevo mensaje para ti y a la vez, será una oportunidad para servir de instrumento de conexión para que otros puedan conocer el infinito amor de Jesús y tú ser un guía o motivador para atraer más jóvenes a la iglesia y a vivir estos encuentros juveniles.

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