Alicia y su día libre

September 26, 2016

(Por Alicia)

 

Los que me conocen saben cuánto detesto estar sin algo que hacer. Si eres de mis amigos cercanos, de seguro has visto mi súper calendario en el celular, el cual tiene una actividad mínima al día para mantenerme ocupada. No es un tema de complejos o de depresión, simplemente me gusta estar activa y más si sólo tengo 22 años. Y aunque suene extraño, el hecho de no tener mucho tiempo para descansar o tirarme en la cama a hacer nada me parece alucinante, me hace sentir útil y que tengo una vida interesante. Ahora bien, mis defensas como tal no son tan fuertes ya que desde pequeña sufro de múltiples alergias y soy un peón bastante fácil para captar resfriados o cuadros virales de gripe, lo que causa que de vez en cuando mi rutina diaria se vea afectada por las caídas alérgicas que me atacan cuando simplemente les parece.

 

Entonces, ¿qué pasa cuando en pleno mes de ocupaciones, exámenes finales, pruebas de muestreo en danza y últimos detalles para un viaje que les contaré más adelante ataca un fuerte resfriado…de un día? ¿Cómo me afecta esto? Pues señores y señoritas, con un día fuera de base, tumbada en mi cama y encerrada en mi casa sin derecho a salir ni hacer ejercicios, pude descubrir que por mucho tiempo había estado perdiendo mi tiempo a falta de hacer algo demasiado importante que requería más de un minuto de día y otro de noche.

 

5:00 a.m

 

Mi alarma suena como de costumbre. He tenido una noche cargada de pesadillas raras y la noche anterior había empezado un circuito nuevo de “cardio” súper intenso. Trato de apagar la alarma y al ponerme en pie, noto algo extraño en mí. Me siento algo mareada, la garganta me duele y al sentir el abanico sobre mí me recorren unos escalofríos demasiado intensos. Sí, lo ha hecho otra vez. El resfriado ha atacado. Me pongo en pie y camino a duras penas (porque seguía mareada) hasta la habitación de mis padres quiénes aún dormían. Mi mamá algo asustada al llamarla se incorpora en la cama, busca con los ojos algo cerrados el termómetro y me lo coloca debajo de la axila. Tres minutos después me mira algo confundida:

  • ¿Te enfermaste de la noche a la mañana Alice?

  • ¿Estoy enferma? ¿En serio?

  • Tienes 38.5 de temperatura cariño, debes quedarte en casa.

Vaya. Definitivamente no era un buen inicio de día, aunque debo aceptar que el hecho de volver a la cama a esa hora era genial y en ese momento todo me valió y solo volví a seguir con mis sueños…o pesadillas.

 

8:00 a.m

 

La alarma suena nuevamente. Abro los ojos y noto que aún el clima está frío (increíblemente). Todo está en completo silencio y mis padres seguramente ya se han ido a trabajar. Podría haberme levantado a esa hora, sin embargo, no todos los días puedes dormir hasta tan tarde, por lo que me auto regalo un par de horas más de sueño.

 

10:00 a.m

 

Esta vez la alarma no suena, simplemente me levanto sola y veo la hora. Wao. Sí que es tarde, bueno a mi concepto lo es. Me incorporo lentamente y noto que el dolor de garganta se ha ido un poco, sin embargo, los escalofríos persisten. Al lado de mi cama veo una nota de mi mamá:

 

“Sabes que los baños con agua fría pueden ayudar a bajar la fiebre, báñate”

 

Ojo: yo amo bañarme. Bajo las escaleras y una vez en la cocina me preparo un desayuno bastante leve (leche y un par de tostadas) sólo para amortiguar hasta el almuerzo, que de seguro será como a las 2:00 p.m. La casa está aún en silencio y vacía. La ama de llaves está de vacaciones y mis padres no regresarán hasta la tarde, me han dejado algo de almuerzo, pero probablemente termine pidiendo alguna pizza o hamburguesa a domicilio (porque cuando estoy enferma la dieta no me interesa mucho). Al cabo de unos minutos, una máquina de cortar el llano es encendida en la casa de al lado, el ruido es bastante fuerte y rompe completamente con la paz del área. Y así se mantendría por unas dos horas debido a que el patio del vecino es bastante amplio. La ducha de verdad me ayuda, al punto que la fiebre baja un poco y los escalofríos no se hacen notar mucho. Será un día tranquilo.

 

12:00 p.m

 

Había olvidado lo aburrido que resulta estar en casa. No había experimentado esa sensación desde hace dos años cuando había estado incapacitada por un mes debido a una fractura mientras bailaba en un curso amateur de danza clásica. Para ese entonces, al menos era muy fanática de las novelas juveniles y la página de Pottermore era mi mejor aliada en juegos y pociones extrañas. Ahora, había pasado apenas dos horas de mi día y ya había visto unos 5 vídeos, había terminado la única tarea pendiente de mi clase de Mercadeo III y ya no tenía más que hacer. No podía hacer ejercicio porque la hora no era muy propicia y me cansaría más rápido por la horrible calor que llenaba la casa y ni siquiera tenía hambre para invertir una hora almorzando. ¿Qué podía hacer?

 

2:00 p.m

 

Me he quedado sin mentirles dos horas mirando al techo del cuarto. Leí un par de capítulos de la novela “Segundas oportunidades” de Rainbow Rowell y luego me quedé escuchando música aleatoria, porque en verdad no tenía nada mejor que hacer. He respondido un par de “chats” también de mis amigos que sí están haciendo algo productivo y me he quedado semi dormida un par de veces. Suena como a muchas cosas, pero en verdad sólo han pasado dos horas. La tarde apenas comienza. A esta hora ya el hambre me ha atacado y justo como predije he terminado pidiendo una enorme hamburguesa de Slabon a domicilio (es que las amo y cuando la enfermedad ataca, al hambre no le importa). Me he puesto al día con un par de episodios de “The walking dead” y he llamado a mi abuela para saber de sus andanzas y aventuras.

 

5:00 p.m

 

Me he quedado dormida. Parece que al final todo el tema de sentirme medio enferma tiene que ver con el hecho de que no he estado durmiendo bien últimamente. Después del almuerzo me he quedado recostada en la cama viendo algunas fotos del celular y sin darme cuenta he quedado dormida. Así de la nada. Acabo de despertar ahora y veo que después de todo la tarde sí ha pasado rápido (gracias a la siesta de 2 horas claro está). A las 7:00 p.m tengo programada una reunión con una compañera sobre un proyecto que desea presentarme y luego si me siento mejor podré optar por una media hora de ejercicios. Ahora sólo me queda alistarme, he aprovechado para hacerme las uñas después de varios meses y escuchar las noticias.

 

7:00 p.m

 

¡Por fin salgo de casa! He ido a un restaurante del distrito a encontrarme con mi compañera y conocer más del proyecto que les comenté. Está buenísimo y como es típico de mi persona he decidido involucrarme y participar del mismo. Nos hemos tomado unas copas de sangría y he roto más mi dieta compartiendo una orden de alitas con patacones. Me siento mucho mejor de la garganta y todo parece indicar que esto se trataba de un ligero cuadro viral de un día para que pudiese descansar. Permanecemos en el restaurante por unas dos horas mientras aclaramos dudas del programa y luego me dirijo a casa para hacer algo de ejercicios.

 

10:00 p.m

 

Al final he podido sobrellevar el día. He terminado mis ejercicios, esperé a refrescarme y he tomado una ducha para alistarme e ir a dormir. Mañana ya será otro día y si tengo suerte, la mejoría de la “gripe” será notoria al despertar y podré ir a mis clases como de costumbre.

La verdad es que a pesar de que ha sido un día algo aburrido, he podido hacer ciertas cosas productivas. Ahora sólo queda hacer mi oración de la noche y dormir…

Espera…¿qué acabo de hacer? ¡Oh Dios mío! ¡Pero es que soy una turra! He estado todo el día en casa, sin tareas casi, sin obligaciones, sin nada que me quite el tiempo u ocupe la agenda y he hecho de todo para cubrir el tiempo, todo menos sacar un minuto siquiera para orar. Y ahora, vengo muy linda a las 10:00 p.m a hacer una mediocre oración de 2 minutos cuando he tenido todo un día para dedicar tiempo a conversar con el Señor. Wao…

 

Analizando toda la situación era justo lo que estaba sucediendo, había dejado de lado algo que podía ayudarme a tener un día más alegre y pacífico: no había orado hoy. Justo hoy, que las horas me sobraban, no había orado. Debo admitir que en ese momento me sentía la persona más horrible del mundo y no pude hacer más que llorar. No lloré a cántaros ni hice una piscina artificial de lágrimas, sin embargo, me había golpeado muy duro lo que acababa de analizar y captar.

 

¿Cuántas veces buscamos qué hacer de ocio por un tiempo libre y obviamos el hecho de que es una buena oportunidad para sumergirnos en una buena oración? Debería darnos vergüenza el hecho de despertar y no dar gracias por el regalo de la vida, o no dar gracias por los alimentos o a la hora de dormir, pero más pena debería darnos cuando ocurren cosas como las que me pasaron hoy: teniendo todo un día libre, la televisión, las uñas, dormir y estar viendo un techo sin motivo alguno habían sido más importante que sentarme en el silencio (que lo había) para orar, sólo para tener ese diálogo con Jesús que de seguro me hubiese servido para muchas cosas, incluyendo sentir esa paz emocional que suele escaparse muy seguido de nuestro ser.

 

¿Qué comprendí con toda esta experiencia? Que de verdad tenemos que despertar y ver que no es un tema de cuándo tenga tiempo o cuando sea necesario, sino que la oración debe ser la compañía diaria de todo cristiano y más que algo agendado u obligado debe ser una necesidad, un alimento espiritual para sentirnos más cerca del Señor y tener esa conexión tan hermosa.

Aquella noche me dormí una hora más tarde porque de 10:00 a 11:00 p.m me dediqué a orar y simplemente hablarle a Él. Definitivamente eso no contrarresta el día entero en que literal ignoré a Jesús, pero sí me representa una reflexión profunda y una lección aprendida que valoraré toda la vida.

 

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