45 minutos de paciencia

December 5, 2016

Los días que la lluvia cae en plena hora pico y las paradas están de par en par con empleados y estudiantes a la espera de un autobús, me toca irme hasta la terminal para llegar a casa. La parada dónde generalmente tomo un transporte siempre se convierte en un lago artificial entre la calle y la parada que impide que personas que viajan en transporte público tengan una bajada dichosa sin mojarse o hundirse por el agua. Por eso, prefiero llegar más tarde a casa al irme hasta la terminal de transporte y ahorrarme las gotas de lluvia en mi ropa. Si no hay un accidente de tránsito y las personas cooperan en ser eficientes al subir y bajar del bus, este tramo me toma unos 45 minutos. Y son 45 minutos que aprovecho para escuchar música, meditar y hacer lo que más me gusta: mirar por la ventana del bus (siempre y cuando esté sentada junto a la misma).

 

Generalmente el tramo con lluvia saca a flote emociones un tanto pesadas en los pasajeros, especialmente en aquellos que deben bajarse en medio camino en áreas donde efectivamente van a mojarse o deben luchar entre la multitud de pie para hacerse paso hasta la puerta de salida sin perder en el intento su celular, mochila o alguna prenda. En mi caso esto no aplica porque cuando llueve me bajo en la última parada, pero me toca ver y escuchar los murmuros y enfados de los demás, eso sin mencionar la intensa pelea entre los que van saliendo del bus y los que quieren colarse (y no pagar) porque tratan de meterse por la puerta equivocada.

 

Esta ocasión fue propicia para ver ante mis ojos una situación bastante incómoda y que me puso a analizar cómo estamos internamente. Es cierto, la lluvia, la cantidad de gente que se mete al bus, la hora pico, los tranques y nuevamente la lluvia causan que las emociones delicadas de las personas estén a flor de piel, sin embargo no creo que ante una situación incómoda como esta debamos terminar atacando a alguien verbalmente y de una forma tan grosera que pone a duda cómo están nuestros valores.

 

Eran las 6:25 p.m del martes y en la ruta de Tumba Muerto-Directo-Albrook había una cantidad de gente muy tediosa. Sumándole eso, la lluvia caía en tono de burla para complicar más el ambiente y justo ese día se realizaría en un par de horas el tan esperado juego de Panamá versus México por motivo de la fase Hexagonal, rumbo al Mundial de Fútbol Rusia 2018. Vaya mezcla de situaciones, ¿verdad? Justo cuando pasábamos por la parada de Plaza Mirage, poco después de “El Dorado”, una señora no prestó atención y no tocó el botón de “PARADA” para indicar al transportista que necesitaba bajarse en la parada próxima. Como no tocó el botón, el bus siguió de largo y señores, aquí es dónde esta señora que podía tener unos 38 años lanzó literalmente un coro magistral de palabras obscenas tan mal pensadas que las arrojaba hacia el conductor sin siquiera filtrarlas en su cabeza. Una tras otra, con gritos desesperados y casi que aporrando la puerta de salida que permanecía cerrada porque estábamos en movimiento fueron los acompañamientos que todos tuvimos que ver y escuchar mientras el bus llegaba a la parada de Plaza Edisson. Fue tétrico. La señora no escatimó en decirle de todo al conductor y este, gracias a Dios, no se inmutó de nada ni le respondió de vuelta (porque si lo hubiese hecho probablemente la historia hubiese sido más dramática). Justo antes de bajarse la señora pude ver sus facciones: su rostro emanaba odio puro, recién salido del horno y su cara arrugada murmuraba más palabras sucias mientras bajaba por la puerta de salida. Empujó a unos cuantos que querían subir por allí y prácticamente pateó el autobús en medio de la lluvia antes que este siguiera su rumbo.  Una vez que la señora se bajó hubo todo tipo de reacciones, algunos se reían mientras comentaban, otros decían que la pobre estaba loca y yo, de forma muy discreta saqué mi celular y en la sección de “Notas” escribí un título improvisado para luego desarrollar este artículo. ¿Por qué? Porque en medio de toda la escena, puedo rescatar que esta señora independientemente con los males emocionales o situaciones internas que estaba afrontando o pensando cuando pasó este incidente, no tenía motivo alguno para una reacción tan fea. Porque fue muy fea.

 

¿Qué puedo rescatar de esta vivencia? Hay que buscar el amor de Dios, con urgencia. Sabemos que habrá días malos, que el estrés es un mal que nos acompaña casi que diariamente y que todos tenemos una realidad distinta que puede tener a flor de piel las emociones y reacciones, sin embargo, debemos conocer a Jesús a través de la oración y así cultivar poco a poco la paciencia, tolerancia y el respeto. Sobre todo el respeto, porque incluso con falta de paciencia o algún enfado o incomodidad podemos decir y denunciar las cosas que están mal de forma respetuosa. Créanme que no fue nada lindo ver a esa señora gritarle al conductor más de 15 palabras sucias seguidas en menos de un minuto. Entonces, empecemos a trabajar en nuestras actitudes, impulsos y en ese termómetro tan delicado llamado paciencia. Situaciones como estas me hacen reflexionar y proponerme con mayor ímpetu que debo controlar mis emociones y reacciones mucho mejor. Un abrazo cálido para todos y muchas bendiciones.

 

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