Cosas que pasan en Don Bosco

January 30, 2017

 

(Por Alicia)

 

Y de seguro sucede en otros lugares. ¿Saben dónde voy a confesarme cada vez que lo necesito? A la Basílica Menor Don Bosco. Y bueno quizás está un poco lejos de casa, pero me queda literalmente accesible por la ruta del trabajo y pase lo que pase, siempre hay alguien confesando en los horarios estimados. Los aplaudo por eso. Además, sus sacerdotes son fuera de serie, tienen un don de gente fenomenal y te hacen salir casi volando de la paz luego de confesarte. Pero bueno, este artículo no tiene nada que ver con confesionarios, sólo con la Basílica Don Bosco.

 

La verdad es que siempre veo personas peculiares a los alrededores de la Basílica Don Bosco y cuando me refiero a peculiares quiero acotar que se trata de personas que me gustaría ver con una realidad más sencilla y feliz. De mis visitas mensuales a confesarme o de las veces que voy a Misa los domingos para cambiar de ambiente, siempre veo personas pidiendo dinero o algo perdidas que deambulan por la arquitectura tradicional y bonita que se observa en la basílica. Hace un par de semanas y luego de confesarme me quedé en el Templo para orar y me puse a ver las fechas de las actividades próximas y pasó algo que no esperaba. La verdad es que me gusta ir a la basílica para desconectarme un poco del mundo y en medio del silencio sentir ese amor de Jesús tan intenso que a veces me cuesta captar en medio del ruido de los alrededores y la rutina. Como ya se estaban haciendo las 7:00 p.m y el área no es la más dichosa para explorar de noche, salí del Templo algo apresurada y me coloqué en la parada (que por suerte está justo al lado) a esperar un Metro Bus.

 

Se supone que por la hora pico y la ruta debería haber buses pasando constantemente ya que en dicha dirección se unen las rutas de Transístmica, Vía España y Tumba Muerto, sin embargo esa noche por mera coincidencia divina e irracional no pasaba ninguno y yo ya tenía unos 15 minutos parada esperando. Justo cuando ya estaba por pedir un Uber, reconocí a un personaje saliendo de la basílica. Un señor que sé que esta de asesor en un grupo juvenil y que había visto reiteradas veces en la Jornada Mundial de la Juventud salía del lugar con un súeter azul y con una enorme sonrisa (seguro venía de confesarse o de Misa) y justo cuando iba saliendo en dirección a la parada, un grupo de chicos de unos 16 a 18 años le bloqueó el paso para pedirle dinero. La verdad es que no estoy segura si era un robo respetuoso o simplemente necesitaban ayuda, pero yo en ese momento me asusté, me asusté tanto que justo venía un Metro Bus llenísimo (pero de verdad llenísimo) pasando y lo detuvo algo desesperada para subirme y evitar cualquier contacto o situación que se fuese a dar. Como otra coincidencia divina, el Metro Bus traía a una cantidad brutal de personas que iban a bajarse en dicha parada y se había hecho un ligero tranque en la calle, por lo que demoramos unos dos minutos en movernos totalmente del área. Y fue allí cuando vi lo que sucedía.

 

La verdad no sé si de idea inicial estos chicos buscaban robarle o intimidarlo, pero esos dos minutos parados dentro del Metro Bus fueron suficientes para que pudiese ver con claridad lo que estaba ocurriendo. Este personaje, cuyo nombre no recuerdo lamentablemente, había tomado a estos jóvenes que no se veían muy dichosos y los estaba evangelizando. ¿Cómo lo sé? Lo notaba en sus miradas. El ambiente de intimidación se había caído y estos chicos ahora tenían una sonrisa predominante en su cara mientras escuchaban atentamente al señor. El hombre A (por ponerle un nombre) señalaba la basílica mientras conversaba con ellos y les estrechaba la mano de forma muy amable y cómoda. Finalmente, les entregó a cada uno una tarjeta de presentación que supongo era su contacto o de algún lugar de referencia y para mi mayor sorpresa hizo un gesto de bienvenida y los acompañó hasta el interior de la basílica. En ese momento, la muchedumbre terminó de bajar y la luz verde del semáforo indicó al bus que podía seguir y nos fuimos alejando lentamente del área. Quizás suene como algo simple y sin muchas repercusiones, sin embargo fue más de lo que esperaba ver en una noche común como esa. Probablemente aquel hombre A haya generado un enorme impacto y cambio de pensamiento para bien en esos muchachos. Ahora me pregunto: ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a hacer esto?

 

Pienso que vivimos tan cómodos al trabajar sólo con aquellos que ya conocen y aceptan a Jesús en sus vidas y así todos hablamos el mismo idioma, pero ¿qué pasa con todas esas personas que están fuera de las paredes del Templo? De algo puedo estar segura, nadie que no conozca a Jesús va a venir solo a la Iglesia a buscarlo, a menos que estén en alguna situación muy grave. Entonces nos corresponde a nosotros dejar de ser tan limitados y empezar a salir a impactar el mundo desde la realidad de otros. Empecemos a salir a los alrededores, a esos lugares dónde las personas necesitan una guía de fe y optemos por ser agentes de cambios aventureros, jóvenes que evangelizan no sólo a los que se acercan a la Iglesia sino a todos, incluso los que en su momento rechazan la fe y buscan otros dioses. Seamos instrumento e intermediarios dentro y fuera del Templo y demostremos que como jóvenes que sirven al Señor y la Iglesia no nos conformamos con tocar el corazón de los que lo buscan, sino de esas ovejas sin pastor que están deambulando por el mundo con miedo, confusión y hasta sed de ser acogidas.

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