Contigo todo, sin ti nada

February 6, 2017

 

Me ha costado mucho escribir este artículo porque aún estoy tratando de asimilar todo lo que sentí en este Encuentro Nacional de Renovación Juvenil. Mientras escuchaba las prédicas, homilías y vivía a plenitud la hora santa trataba de guardar en el pequeño chip de mi cerebro puntos clave para expresarlos aquí. Sin embargo, la vivencia de fe fue tan hermosa que he dejado que la espontaneidad hable por sí sola en este caso. ¿Qué puedo esperar de un encuentro juvenil al que asisto por cuarta vez? Si según mi mente y corazón ya he sanado heridas pesadas del pasado y me siento en paz conmigo misma, ¿qué puede causarme impresión allá? Sí, obvio, va a estar Jesús en el Santísimo Sacramento y estaba más que segura que vería a medio mundo de jóvenes conocidos de otras parroquias, pero… ¿de verdad valía la pena que una joven de 24 años fuera a este encuentro?

 

Debo decir que valió cada hora de sueño, cada madrugada, cada fila y todo lo que involucraba asistir. Una vez más, me quedé sin palabras ante el Señor. Y siento ese cambio radical de ir viviendo año tras años encuentros juveniles. Y estoy feliz de sentir en efecto dicho cambio.

 

Una semana antes de irme con mi parroquia al encuentro tuvimos una formación de preparación dónde nos enfatizaban que asistir a Chitré no debía convertirse en una tradición anual donde sólo se iba por ir o para seguir repercutiendo en las mismas situaciones. Si llevabas ya 4 años yendo para llorar por lo mismo, definitivamente algo estaba mal. O simplemente no habían frutos, solo emociones temporales que se ahogaban con el pasar de los meses y por no estar centrados en un cambio de verdad a nivel espiritual. Yo en lo personal sentía que ya este encuentro había hecho su efecto de sanación en años anteriores. Y sí que lo había hecho. Mi primera asistencia a un encuentro de renovación juvenil había sido en el 2012, donde honestamente había bajado de peso de tanto llorar. Literal. Y eso estaba bien, porque se trataba de mi primera experiencia y llevaba aparte de mis bolsas, una valija cargada de temores, heridas y asuntos por resolver. Y así fue por 3 años más. Iba, lloraba, sentía que me sanaba y volvía a enfrentar la vida de la mejor manera posible.

No es que ahora sea una mujer hecha de acero o que nada le aturde, pero me siento regocijada porque este año que fui al encuentro mi reacción fue totalmente distinta. Esta vez no tenía heridas fuertes que sanar ni tenía que imaginarme a alguien que me había hecho mal para perdonarlo o pedirle perdón mientras oraba. Esta vez, fui al Encuentro Nacional de Renovación juvenil a dar gracias y a buscar nuevas respuestas. Respuestas para continuar sirviendo a  Jesús desde mi carisma.

 

No puedo dejar pasar el hecho de que me sorprendí y me callaron la boca abruptamente al presentarme temas tan profundos y diferentes que tocaron mi realidad para decirme que debo estar llamada a alumbrar por medio de Dios y no a deslumbrar por los talentos. Me sentí retada a hacer más líos. A no quedarme callada esperando a que alguien más dé el primer paso para evangelizar y a ser sal y luz del mundo desde una perspectiva juvenil que busque llamar con mis acciones a aquellos que aún no conocen a Jesús.

 

Y también me sentí culpable. Culpable porque por mí culpa quizás varios jóvenes no estaban viviendo lo que yo tenía frente a mis ojos. Porque yo me dediqué a prepararme personalmente para ir hasta allá y no me dio por invitar a nadie ni por tratar de sacar de ese hueco sin fondo a algún joven cercano que necesitaba una experiencia de fe como esta para encontrar a Jesús. Y cuando el Nuncio Apostólico hizo mención de esto en la Eucaristía de clausura del encuentro sentí como si mil piedras me golpearan. Yo siempre he tenido esos deseos de evangelizar, pero no he dado el 100% de mí para llegar a quiénes más necesitan de Jesús: aquellos que en realidad no lo buscan. Y por eso me siento llamada a servir de una forma más humilde y de salir del Templo no sólo a través de las redes sociales sino de verdad.

 

Y quiero concluir este artículo diciendo que el Espíritu Santo estuvo presente. Y así como se hizo presente sé que está en el corazón de todos para que ahora podamos salir y hacer líos de una forma diferente y más real. Porque no somos jóvenes jubilados, sino que vivimos para el servicio, para dar amor, para escuchar a quien tal vez necesite ayude mientras piensa en quitarse la vida y buscamos enamorarnos de Jesús. Y vaya que lo estamos.

Este encuentro fue una respuesta a miles de interrogantes que tenía y exhorto a todos los jóvenes que como yo en algún momento pensaron que ya era muy tarde para ir a un encuentro de renovación juvenil que se atrevan a ir el próximo año y descubran que Dios es eterno y siempre tiene algo nuevo que decirnos a través de instrumentos de evangelización como este compartir de fe. Dios ha puesto palabras en mi boca, ¿qué te dijo a ti con esta experiencia?

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