Alicia entre ángeles y demonios

March 13, 2017

(Por Alicia)

 

Vamos a tomarlo en el sentido literal del título. Había estado bastante perdida de estos lares porque sentía que mi vida estaba pasando por un período poco productivo en sucesos para reflexionar. No miraba nada, no sentía nada y no era testigo de grandes hazañas para contarles. Incluso Mariee sentía que estaba enojada con ella porque no me reportaba, salvo para quejarme porque no me escribía ni para preguntarme como estaba. Sin embargo, con lo que les voy a contar me di cuenta que no es necesario contemplar grandes hazañas para obtener excelentes reflexiones.

 

Hace unas semanas cometí el error más grande de todos: correr. Sí, no  soy una “running girl” y mucho menos debí intentarlo justo a mi regreso de un encuentro juvenil que me había hecho descargar energías de más, pero la buena onda del momento me hizo animarme a intentar algo nuevo. Fail…

 

Justo al día siguiente de correr, un dolor intenso en mi pie derecho se hizo bastante notorio, luego de dos días haciéndome la idea inocente de que era un dolor leve y express por el ejercicio nuevo, tuve que acudir a un ortopeda para que me confirmara lo que mi mamá (la doctora de las percepciones efectivas) pensaba que tenía: una tendinitis. Claro. Una leve sensación de alivio recorrió mi ser cuando al ver la placa del pie todo estaba en su lugar. Un hueso roto a estas alturas no sería nada lindo y menos por ir una noche a correr. En fin, la tendinitis me obligó a faltar dos días al trabajo, a ponerme una venda en el pie y a pasar la semana próxima en terapia. Terapia. Terapia.

 

¿Qué implicaba la terapia? Pues llegar tarde al trabajo durante una semana, tener que pagar las horas de tardanza y además gastar más dinero porque tenía que cambiar mi transporte gratuito diario gracias a mi papá por taxi, bus y nuevamente taxi para no llegar tan tarde a la oficina. Pero todo por la mejoría de la tendinitis y volver a hacer tae bo y zumba. Pero no correr. Eso no.

 

Y no, esta historia no tiene como protagonista mi tendinitis sino dos personajes muy peculiares que conocí en mi segundo día de terapia.

Cuando se trata de ir jugando con el tiempo, soy una “crack”. Literal lo soy. He aprendido de forma muy extraña a manejar el tiempo y tratar de trabajar en armonía con él para estar en hora en las actividades que me competen a diario. El martes pasado mis cuentas no fueron las más exactas. Me levanté tarde, cuando llegué a la terapia la fila era un tema estresante y salí súper tarde del hospital para ir corriendo a la oficina…en Panamá. Sí, porque la terapia es en el hospital de La Chorrera, por si fuera poco el jueguito con el reloj. Gracias a Dios no hubo tranque hasta la ciudad pero viendo que casi iba a llegar a la hora de almuerzo, tuve que sacarme el pensamiento ahorrativo por media hora y comprender que ni el Metro Bus ni el Metro iban a resolverme en este caso. Así que opté por un taxi.

Una vez en la terminal de transporte me dirigí al área de taxis y por suerte el primero que pregunté por la dirección me dijo que sí. Perfecto. Pero lo que venía bajando serían 15 minutos completamente raros.

 

Una vez en la carretera el tipo sacó su verdadera personalidad, un hombre súper grosero, que le gritaba y pitaba a todos en la calle, les hacía caritas raras a las muchachas y manejaba como loco. De verdad manejaba horrible. A mitad de camino paró para recoger a una señora con su hijo y accedió a hacerles la carrera, la cual era unas cuadras antes de mi destino. El tipo seguía en su actitud grotesca y con sus habilidades deformes para manejar, sin embargo, la señora emanaba una paz única. Llevaba una sonrisa sincera y su hijo, un joven de unos 27 años conversaba con ella en un tono muy ameno. Y conversaron conmigo. Hablamos un poco del clima, de las paradas nuevas que ahora tienen Wi-Fi y reconoció el logo de mi trabajo así que también hablamos un poco de eso.

 

Cuando llegamos al destino de este par, el señor le dijo a la señora que debía bajarse del lado de la calle porque no había querido dar la vuelta para dejarla en un plano más seguro. No lo dijo así tal cual, pero fue lo que dio a entender. Yo, en vista de que esta señora tomaría su tiempo en bajar y que la calle estaba atosigada de carros manejando en alta, me ofrecí a bajarme de mi lado para que ella se corriera y así bajara de forma segura. De verdad esperaba un simple gracias de su parte, pero esta señora tan angelical me abrazó y me dio las gracias con estas palabras exactas: “gracias querida por ser tan amable. Dios bendiga a personas tan lindas como tú”. Su hijo, con una sonrisa muy grata me estrechó la mano y ambos, con un paso lento pero seguro entraron al edificio de su destino. Eso de verdad me reconfortó el alma. Fue como esos momentos claves que te hacen el día. Me subí al taxi con una enorme sonrisa y lista para llegar a la oficina. Bah. No duró mucho la felicidad hasta que llegué a mi destino.

 

Siempre le pregunto a los taxistas cuál es el monto de la carrera por respeto a su trabajo. En este caso, el tipo me dijo: ¿cuánto paga hasta acá?, yo le dije que siempre pagaba de $3 a $4 dólares. Su expresión corporal lo dijo todo. Se dio la media vuelta al asiento trasero donde yo estaba y con un tono súper amargado me dijo: “¿qué?, ¿sólo eso? Yo tengo que cobrarte $7 mínimo”. Lo que vino después no fue muy cómodo.

 

-Disculpe señor, pero yo hago esta carrera en varias ocasiones y jamás he pagado tal monto. Me parece que el precio que indica es demasiado.

 

-No me interesa lo que otros le cobren, yo cobro $7 hasta acá.

 

-Me parece una estafa sinceramente. Aparte que su trato ha sido muy inadecuado.

-Dame $5 y baja. No vuelvo a tomar una carrera así.

 

Me bajé del auto y ni las gracias di. Sé que estuvo mal pero en ese momento mis modales no se asomaban ante tal trato. A los minutos y en el ambiente de la oficina que andaba de buenas, se me olvidó lo sucedido. ¿Qué saco de esta vivencia? Que podemos compartir prácticamente a la vez con ángeles y demonios. Con personas que aman la vida y otros que sólo la viven para hacer bronca. Que aunque tengamos las mejores intenciones, hay personas que simplemente no les interesa estar bien con nadie y viven su vida en una burbuja de amargura y de hacer todo como les plazca aunque no sea lo correcto. ¿Y qué podemos hacer por estas situaciones? Orar. Orar sin juzgar por aquellos que se les nota que están viviendo un ligero infierno o que no han descubierto el don maravilloso de la vida y agradecer y pedir por aquellos que viven felices para que su cercanía a Dios sea permanente.

 

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