24/ en la Iglesia, ¿y en oración?

March 20, 2017

Debo admitir que desde que entré en el grupo juvenil de mi parroquia pensé que mi vida sería más sencilla y que conectarme con Jesús sería un paseo leve sin tantas intervenciones. Sin embargo, para mi sorpresa resultó ser todo lo contrario. Más pruebas pesadas, más situaciones que demandan paciencia, amor y espiritualidad y una cantidad incalculable de retos que no imaginaba enfrentar estando dentro de la iglesia. El camino del Señor no es ni con pase VIP ni pasadizos secretos ni mucho menos con atajos, pero hoy quiero enfocarme en un mal que vivimos muchos los que trabajamos dentro de la iglesia y si te sientes identificado por favor baila la macarena y empieza a prestarle atención a esto. Hagamos una comparación honesta y sacada del corazón (no se vale mentirte a ti mismo): ¿cuántas horas pasas en la iglesia entre reuniones, organización de eventos y trabajando vs lo que vives espiritualmente en la misma? Si estás en un grupo juvenil y aparte de eso resulta ser un grupo tremendamente activo tienes que estar identificado con este tema. Nos hemos vuelto católicos activos en todo menos en lo que realmente importa. Vamos de aquí para allá, estamos en mil reuniones y organizamos cualquier cantidad de actividades en beneficio de la iglesia (lo cual está más que bien) y en beneficio de los demás (lo cual está el doble de bien), pero nos volvemos un tanto egoístas con nuestro yo interior porque no lo alimentamos espiritualmente, solo lo hartamos de trabajo. Y sí, es hermoso saber que hay jóvenes que dedican su tiempo libre o voluntariado a una parroquia, que buscan ser mejores cristianos porque en medio del trabajo también se aprende, sin embargo estamos cometiendo un error enorme y si no lo empezamos a corregir estaremos prácticamente en la iglesia por gusto, estaremos sólo de paso y al final, no tendrá ningún efecto en nosotros.

 

Te contaré una historia un tanto personal: cuando entré al grupo juvenil hace un par de años ya pude experimentar con mucho gozo y espiritualidad de momentos de oración, asistía todos los jueves a la Hora Santa y los domingos atendía a la Eucaristía en su plenitud. Así fueron los dos primeros años en pastoral juvenil. Los retiros eran súper eficientes en mi vida, me hacían llorar, me llenaban de todo ese amor de Cristo y lograba que cada vivencia de fe fuese más profunda que la anterior, todo gracias a Dios y sus constantes fuerzas para mantenerme en el camino. Con el paso del tiempo fui creciendo y los asesores de la pastoral vieron quizás alguna luz en mí o chispa que me llevó a ser elegida como coordinadora de la comunidad a la que pertenezco. Y de allí todo tomó un giro un tanto pesado. En el buen sentido, me parecía genial tener nuevas responsabilidades y ser una guía y apoyo para otros jóvenes, pero en el otro lado, se convirtió en una nueva lucha interna que por mucho tiempo estuve perdiendo y que en la actualidad mantengo en pelea para ir mejorando. El hecho de estar en constantes reuniones y de organizar prácticamente todos los eventos, retiros y encuentros que los jóvenes iban a vivir me dio más sentido de liderazgo pero a la vez me quitó un regalo que había obtenido en primer lugar: mi espiritualidad. Pasaba horas en la iglesia, literalmente era mi segundo trabajo, pero así como crecía en cosas por hacer y tareas que coordinar, así mismo decaía mi vida espiritual. Las horas santas de los jueves fueron reemplazadas por reuniones o por pasar tiempo en mi casa por lo agotada que me la pasaba durante el día. Dejé de vivir los retiros porque empecé a organizarlos y aunque era parte de mi crecimiento, no busqué una nueva alternativa para obtener nuevos conocimientos o para que Jesús tocara mi corazón. Entonces, mi mente siguió su curso y se dio la tarea de trabajar en la iglesia pero mi corazón se quedó atrás. Me volví una laica en modo avión, saturada por el trabajo y sin alimento espiritual, llegando al punto que ni la Eucaristía dominical vivía a plenitud porque el carisma de mi comunidad es apoyar en acogida y muchas veces estaba ayudando a personas a buscar asiento mientras se proclamaban las lecturas o cuando el sacerdote daba su homilía y lo peor del caso es que no me daba la tarea de sacar tiempo para asistir en otro horario a Misa y así vivir de forma completa la Eucaristía.

 

Y tal cual, sé que muchos que tienen cargos importantes en la iglesia o con sus grupos juveniles, aquellos que toman fotos, que manejan redes sociales, el coro, los que hacen de seguridad en encuentros juveniles o son staff o logística para controlar todo o los que están detrás de cámara trabajando fuertemente, todos los que hemos ido creciendo en tareas pero que también necesitamos crecer en el corazón. Podemos ser más grandes, más maduros y tener un caminar más amplio en la iglesia, pero siempre vamos a necesitar formarnos, siempre vamos a necesitar vivir a plenitud un retiro y siempre vamos a necesitar del aspecto más importante y el motor básico para estar en la iglesia: Jesús. Y si tú como joven activo en tu grupo o parroquia te la pasas metido en la iglesia pero no visitas al Santísimo, ni vives en serio la Misa o no asistes a formarte y sólo te la pasas metido en reuniones y trabajando el aspecto social y cero espiritual, estás perdiendo tu tiempo. Seamos un poco más coherentes con nuestra vida de fe y en medio de tantas responsabilidades empecemos a sentar prioridades, empecemos a devolverle la importancia a nuestra espiritualidad y a evaluar si tantas tareas y actividades nos están alejando del verdadero sentido de servir en la iglesia. No se trata de ser el que más tiempo pasa en la parroquia o el que está en más grupos o movimientos, sino de aquel que sirve a la iglesia con sus talentos pero que también sabe organizar su tiempo para mantener la espiritualidad como lo más importante, buscando siempre aprender, formarse y crecer como ser humano y servidor de Cristo. Entonces, ¿empezarás a vivir a plenitud de la Palabra de Dios?

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