Del otro lado del retiro

May 30, 2017

(Foto: Juventud Paulana) 

 

Ya perdí la cuenta de cuantos retiros espirituales he tenido en mi corta vida. Desde los 18 hasta la actualidad he asistido a retiros, primero por confirmación y luego por pre cuaresmales o retiros anuales de pastoral juvenil. En dichos retiros prácticamente dejé mi vida y les debo mucho. Las primeras vivencias presentaban una Mary llena de miedos, estrés, heridas emocionales y mucha mala onda encerrada en un cajón de mi corazón, al cabo de un par de días de encuentro con Jesús los resultados eran demasiado impresionantes para mí. Las prédicas me daban de golpe, lloraba peor que al ver una película de amor subtitulada y mi mente se abría a tantos enigmas que habían estado carcomiendo mi existir. Gracias a los retiros que viví aprendí a decir adiós a las malas influencias y a las vibras negativas de personas que no aportaban ni edificaban, aprendí a valorarme, crecí en cuanto a conocimientos eclesiales y humanos y conocí personas maravillosas que hoy en día son mis hermanos. Y lo más lindo fue ver el proceso de cambios a través de los años. Los primeros años siempre llegaba con problemas y lloraba porque tocaban mis debilidades o heridas, pero más adelante las horas santas o prédicas no me golpeaban sino que me daban alegría por saber que mi vida había cambiado y que ya no sufría sino que me sentía agradecida por tantas bendiciones. Con el paso del tiempo y por mi trabajo en la parroquia y pastoral juvenil dejé de asistir a los retiros como participante y empecé a ir para coordinar las actividades y permitir que otros jóvenes tuviesen la vivencia que hace un par de años yo tuve. Y no hay nada más satisfactorio que ver a otros chicos sonreír y solucionar sus problemas.

 

Ahora quiero hablarles de un retiro en particular. Fui al retiro final de confirmación de los chicos de mi parroquia y mi objetivo era uno solo al inicio: hablar de la JMJ. Estoy en el grupo de comunicación de la jornada a nivel parroquial y prácticamente tenemos que ir a todos los eventos juveniles que organiza la parroquia para educar un poco sobre la JMJ. Por tal motivo, preparé una presentación en Powerpoint y junto a mi compañero de proyectos Julio armamos una “mini” tanda JMJ. Iba a ser el sábado, sin embargo, por motivos varios lo pasaron al domingo. Aquí viene el punto interesante.

 

Como ya estábamos en las Villas donde se estaba realizando el retiro desde el sábado decidí quedarme hasta la noche para apoyar en cualquier cosa porque sabemos los inusuales que pueden ser los retiros aún con agenda incluida. La verdad es que no me tocó hacer nada en términos de trabajo o de organización porque los catequistas tenían todo bajo control, pero sí pude hacer algo en lo que me vi reflejada en otros hace muchos años: aconsejar. Me acuerdo muy bien que años atrás cuando iba desolada y con tantas dudas a los retiros siempre había algún joven de la organización, catequista o predicador invitado con quién lograba conversar a solas para interiorizar de forma más clara mis problemas personales. Y vaya que me ayudaba eso. No sólo aclaraba mis interrogantes sino que me sentía muy bien al escuchar consejos de alguien y saber que esa persona le interesaba escucharme y ayudarme.

 

Ahora, yo pude tomar ese mismo rol y aconsejar a chicos que conozco bastante bien y que quizás necesitaban de alguien de confianza con quién desahogarse. Pude hablar con algunos, abracé a otros durante la hora santa y la verdad es que me sentí demasiado bien por devolver ese favor que hace un par de años alguien hizo por mí. Tener esta experiencia desde el otro lado del retiro me hizo ver que al final todo es un caminar en el tiempo, donde estamos hoy, allí estará alguien más en el futuro, las vivencias que tuvimos y superamos hace 4 años son ahora los males de chicos mucho más jóvenes que están empezando la vida y todo lo que hemos aprendido debemos pasarlo a las generaciones futuras para continuar ese proceso de acompañamiento que nos ayuda a salir adelante.

 

Ese fin de semana fue una grata sorpresa para mí, al final el domingo pude dar mi charla de la JMJ, pero lo que me llevo es que mi vivencia de acompañamiento fue algo inesperado pero que me permitió mirar atrás y ver que el camino que una vez recorrimos con piedras que nos hacían daño ahora está limpio como asfalto porque lo podemos ver sin dolor. Y ahora, los problemas que vengan los enfrentaremos con una esencia distinta, una actitud madura y una base fuerte que jamás nos abandona hacia el mal: nuestra fe en Jesús y su voluntad.

 

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