Adiós al miedo, hola al cambio. Guía práctica para actitud de comunicador

June 5, 2017

 

Cuando estaba en la Universidad me recomendaron leer un libro muy interesante. ¿El título? “Si funciona, cámbialo”. ¿Qué loco, verdad? Generalmente diría alguien cuerdo que si algo está bien pues que permanezca así y punto. Cero complicaciones. Sin embargo, la esencia del libro (dirigida principalmente a mercadólogos y publicistas) radicaba en que debemos innovar de vez en cuando. Y aunque las cosas estén bien de cierta forma o con cierta técnica, llega un punto en que lo rutinario aburre y los clientes buscan por nuevas experiencias donde sus sentidos sean puestos a prueba. Y viéndolo así, tiene sentido. Cuando algo funciona nos sentimos aliviados, cómodos y creamos una nueva zona de confort en base a ese logro porque sabemos que estamos bien así. Ocurre en los trabajos, la vida amorosa y hasta a nivel personal cuando tomamos decisiones que acertamos. Pero llega un punto en que debemos innovar, crecer y por ende, cambiar.  

 

Este artículo quizás no tenga un vínculo inicial espiritual, pero conforme les voy contando comprenderán porque lo publico en este blog que representa tanto para mí.

Siempre he tenido miedo a los cambios. Soy de esas personas que da mil vueltas y piensa demasiado antes de dar un paso que represente cambios o nuevos retos y suelo tener ese miedo inicial cuando no sé a qué me enfrento ni cómo vaya a reaccionar. Y en parte siento que tiene que ver con asuntos de mi infancia. De niña, era lo más tímido del mundo. Literal todo me daba pena y aunque con las personas de confianza como familiares y amigos era súper espontánea, con desconocidos era súper introvertida y me costaba ser sociable. Sumado a eso, era bastante aplicada porque mis padres (los cuales se los agradezco enormemente) me habían inculcado el hecho de no ser conformista y aunque nunca me presionaron a ciertas calificaciones o a ser la que sobresalía en todo, su amor y manifestación de orgullo ante mis logros me motivaban a superarme cada vez más y a echarle muchas ganas a todo lo que me gustaba. Como solo estaba en la escuela, mis notas eran ese reto diario y gracias a Dios y el apoyo de mis padres, era cuadro de honor. Ahora, súmenle eso de las buenas notas al hecho de ser poco sociable, ¿qué obtienes? Una "nerdie" total. Y me gustaba en realidad. Me daba un shock de la realidad bastante fijo porque mis pocos amigos eran sinceros y por mi edad quizás no aspiraba a más de estar bien en el colegio.

 

Con el paso de los años me convertí en una tremenda soñadora, de esas personas que quieren comerse al mundo y van más allá de lo normal o lo conformista. Sin haberme graduado estaba metiendo papeles en empresas multinacionales y de gran renombre y empecé a desarrollar mis actitudes. ¿El problema? Seguía siendo muy tímida y me costaba adaptarme a los ambientes ajenos a mi zona de confort. Había crecido en un ambiente familiar y hasta escolar tan amable, tranquilo y libre de presiones (quitando el 5to grado dónde sufrí de bullying) y estar en un ambiente o con personas que no iban conmigo me chocaba mucho. Eso hizo que mis primeras experiencias laborales fueran algo traumáticas y estoy súper clara que la culpa fue mía en gran parte.

 

Reaccioné algo tarde pero sabía que no estaba bien mi conducta y temor. Tanta timidez o miedo a encarar, hablar, preguntar, decir la verdad y hasta enfrentar situaciones difíciles me estaba costando mi vivencia laboral y era algo frustrante porque a nivel académico me sentía muy preparada, solo era un tema de actitud.

 

¿Dónde está entonces el asunto espiritual aquí? Que dejé todo en manos de Dios y tomé cartas en el asunto. Aparte de orar mucho empecé a practicar mi liderazgo en la Iglesia. Como obra de Dios, justo cuando estaba en este momento difícil se me dio la oportunidad de ser la nueva coordinadora del grupo juvenil al que pertenecía. Este rol implicaba ser la que diera la cara por la comunidad, estar en reuniones con el párroco, comunicarme más y desarrollar una actitud sociable y abierta a escuchar a los demás, aceptar muchas sugerencias y críticas constructivas y a manejar mis limitaciones o puntos débiles para ser lo más neutra y organizada posible. Dos años después de asumir dicho rol aquí estoy. Y doy cada día gracias a Dios por la oportunidad de coordinar una comunidad tan hermosa. En esos 2 años aprendí de mí misma, empecé a controlar mi timidez y a hablar de forma más clara y dándome a escuchar. Mis ideas que habían estado rondando en la cabeza empezaron a salir y de verdad pude sentir ese cambio de actitud en mí. Aclaro, sigo siendo tímida. Y tengo mis rituales internos cada vez que voy a hablar, pero jamás pensé que esa niña que casi ni hablaba a los 12 años ahora tendría un autoestima digno. Aún dudo de mí en ocasiones, mis papás siguen siendo mi soporte principal y no me gusta ser el centro de atención ni de mis propias fiestas porque me da pena, sin embargo este caminar de fe hizo también de escuelita para trabajar en mí misma. ¿Y quién lo diría? Ahora mis metas apuntan mucho más allá de lo que esperaba (lo cual resulta un secreto aún peor espero pronto hacerlo público) y puedo decir con confianza que no tengo miedo a los cambios. Y cuando siento ese duendecito interno que quiere hacerme mal al estar demasiado nerviosa o aterrorizada por una nueva oportunidad, recuerdo todo lo que he vivido y me doy cuenta que la vida de la mano de Dios es precisamente un caminar lleno de retos y hermosas sorpresas y oportunidades que debemos tomar siempre y cuando nos edifiquen. Así que por oportunidades laborales, de estudios y personales, ¡anímate al cambio!

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