¡Que vivan los recuerdos!

June 19, 2017

Hace unos meses mi comunidad juvenil se reunió para ver la película sobre la vida de San Felipe Neri, un gran santo. Reímos, aprendimos algo de italiano y lloramos al final porque en efecto, San Felipe muere en la película pero toda la oscuridad de la escena se ve convertida en luz cuando este gran santo esboza una sonrisa de alegría mientras sus ojos yacen cerrados. Podríamos hacer un escrito larguísimo sobre toda las enseñanzas que me dejó esta película, pero el caso de hoy recae en un aspecto que se me vino a la mente justo cuando veía esta escena de la muerte de San Felipe.

¿Estamos preparados para enfrentar la muerte de un ser querido? Escuchamos noticias de luto a diario, sin embargo, mientras no se trate de alguien conocido o cercano, dichas noticias se fugan de nuestra mente a los minutos de escucharlas. Pero cuando la puerta toca a alguien que queremos mucho el ambiente es distinto. Sea por un accidente, enfermedad o por un motivo poco particular o predicho desde hace meses, decir adiós no es fácil. Ni siquiera lo es cuando se trata de rupturas, viajes o despedidas parciales, mucho menos lo será cuando lo es literalmente “para siempre”. Y aunque nuestra fe nos invita constantemente a ver la muerte como un paso necesario para la vida eterna con Dios, sabemos que en sí no veremos más a esa persona, al menos no físicamente. Y cómo duele. Y son estos momentos donde el mundo por unos días o meses se detiene, a tal punto que perdemos el norte de dónde estamos y llegamos a ese punto cumbre y difícil donde sentimos que una parte de nosotros ha muerto con esa persona.

 

Por eso, mi invitación para reflexionar hoy es sencilla, valoremos a nuestros seres queridos. El tiempo es un juego constante que nos lleva y trae, haciéndonos creer un día que nos sobra toda una vida y al día siguiente nos da un golpe de realidad al darnos cuenta que la vida y su tiempo es relativo, porque cada persona llena una zona de tiempo que puede durar o terminar de forma rápida y sin avisar.

 

A aquellos que ya vimos partir, dejemos que la oración y nuestra confianza en el Señor nos fortalezca para saber que están bien y que debemos pedir siempre por sus almas, dejando siempre el baúl de recuerdos abierto a recordar vivencias que nos regalen sonrisas en la actualidad y nos permitan recordar a aquellos que amamos de forma alegre y sin arrepentimientos.

 

Y a los que aún están, valoremos su vida. Tus padres, hijos, abuelos, tíos, nietos, hermanos, amigos, tu pareja, no nos dejemos llevar por el tiempo que a veces nos quiere hacer pensar que mañana puede ser un buen día para decir “te quiero” o arreglar temas pendientes mientras estamos desperdiciando el “hoy” por miedo o reservas sin sentido. Se trata de vivir en paz y alegría, dando todo cada día y teniendo presente a Dios como centro de tu vida. La frase cliché de “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” debe ser un puente de inspiración para buscar reconciliarte con tu hermano, pedir perdón, ayudar más a quiénes necesitan esa mano amiga, amar sin reservas ni miedo a tu familia, buscar nuevas metas y darnos cuenta que Jesús es el verdadero camino, verdad y vida. Una vida con Cristo nos hará seres felices que podrán transmitir la alegría de vivir en armonía y unidad a todos los demás.

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