Caminando entre sueños perdidos... Auschwitz

July 10, 2017

Voy a ser honesta en este escrito, lo más transparente posible. Hace unos meses, exactamente en julio de 2016 tuve la dicha de asistir a la JMJ Cracovia. Una experiencia inolvidable, increíble, hermosa, que ya he plasmado en escritos anteriores, videos, fotos y demás. Pero este escrito no trata de eso. Más bien, se enfoca en un solo día de la jornada que vino a impactar mi vida de forma muy trascendental…11 meses después.

Durante la pre jornada la diócesis a la que asistí nos incluyó en el plan de actividades una visita que se considera obligada para cualquier residente o extranjero de Polonia: los campos de concentración. Y aunque es un episodio trágico en la historia, la razón de mantener los campos abiertos al público es una forma de concientizar sobre la violencia y crueldad del ser humano para que los actos de odio que allí se dieron no ocurran nunca más. La verdad es que al ver esta visita en nuestro itinerario tenía sentimientos encontrados. Por una parte, teníamos una oportunidad que otros chicos de la delegación panameña no experimentaron, ya que los que se encontraban en otras diócesis no tuvieron esta visita dentro de su agenda, por lo que visitar un lugar histórico y crítico en Polonia era una señal. Íbamos por la JMJ pero por motivos del destino teníamos este punto extra. Por otro lado, incertidumbre. ¿Qué iba a sentir o cómo iba a sobrellevar acudir a un lugar que había olido la muerte durante tanto tiempo?

 

Es aquí donde empieza mi transparencia. Evidentemente soy una persona que le gusta leer, pero los temas crueles habían sido bastante omitidos por mi selección de lecturas durante mucho tiempo. Evitaba ver películas sobre el holocausto o enfrascarme en el tema por mi sensibilidad extrema, al principio lo veía como una protección a mis emociones, pero después admití que solo se trataba de un pensamiento inmaduro para evitar choques emocionales o frustraciones a futuro. Mi error. Esta desconexión profunda con la historia del holocausto causaba que mi percepción de los campos de concentración fuese algo ignorante. Sabía que había sido un lugar de exterminio, muerte, hambre y dolor, pero la falta de conocimiento hacia los detalles creaba un caparazón en mi corazón que me impedía reaccionar de forma nostálgica ante la visita.

 

Fueron varias horas hasta llegar al campo de Auschwitz 1. Una vez abajo, traté de hacer ese cambio de mentalidad, venía de una mañana divertida en la parroquia que nos acogía y ahora entraba en este lugar de penumbra que sólo al bajarse del bus se sentía la pesadez en el ambiente. Un silencio garrafal incluso con los cientos de peregrinos presentes causaba un impacto bastante fuerte desde el inicio del trayecto. Sin embargo, ver todo desolado y sin conocer a fondo lo que significaba cada edificación hacía que mi humor aún fuese neutro. El recorrido duraría toda la tarde porque visitaríamos todo Auschwitz. Para nuestra sorpresa, uno de los grupos de peregrinos que nos acompañaba provenían de un país de lengua hispana y su sacerdote de compañía conocía bastante sobre el lugar, por lo que se ofreció a ser nuestro guía. Ahora, debo recalcar que por la cantidad de personas en la visita se restringieron los accesos a los interiores de los edificios, donde se resguardaba lo más impactante. Los restos de zapatos, cabellos, gafas y demás no estuvieron a nuestra vista, pero la visita igual fue muy completa y nos detuvimos de forma silenciosa ante cada punto donde se explicaba algo, mi mente aún divagaba y no se daba pie en reaccionar con el lugar que estaba visitando .Documenté un par de videos, tomé fotos y compré un libro que aún aguarda en mi librería por ser leído (luego de leerlo podré ampliar comentarios al respecto). La travesía fue larga y a medida que nos deteníamos en cada rincón que guardaba un significado en específico iba comprendiendo el impacto de esto. Estaba caminando entre almas de inocentes, entre sueños perdidos, entre recuerdos que consumen temor, rabia y una falta de lógica total. No me había dado cuenta que estaba caminando en el lugar que definía la crueldad y odio del siglo XX.

 

Cuando caminas por estos campos y te cuentan cómo era todo antes, cuesta imaginar que en 1944 aquel lugar tenía cadáveres amontonados en pilas, niños asustados y hombres ciegos ante un espíritu de odio y con sed de muerte que atemorizaban la humanidad presente. Lo que ahora son edificaciones vacías y restos de un episodio demasiado cruel, antes eran el destino de muerte, hambre y sufrimiento de las víctimas, quiénes luchaban cada día por mantener la esperanza de sobrevivir. Nos explicaron con detalle todo, pasamos por los rieles donde solían llegar los individuos y eran deportados a otros campos. Conocimos el proceso de selección y pudimos orar ante el lugar de muerte de San Maximiliano Kolbe.

Me fui de Auschwitz con pesar, profundamente tocada e impactada por todo lo que allí se había vivido y perdido al morir. Sin embargo, algo no estaba completo dentro de mí. No lloré en todo el trayecto, probablemente por mi falta de conocimiento o por no ver lo que quizás causaba más impacto, sabía que estaba saliendo de un lugar que quedaba por siempre en la historia, en la mente de los judíos, polacos y demás nacionalidades involucradas. Pero, algo me faltaba.

 

11 meses después y por obra del destino de YouTube di con un video en mis recomendaciones de vista sobre la visita a la casa de Ana Frank. A la fecha aún no he leído su diario (pero lo haré), pero el video que relataba cada rincón de “La casa de atrás” despertó mi interés por buscar videos relacionados para indagar en el tema. Así estuve por un par de minutos hasta que encontré un documental llamado “Los últimos días de Ana Frank” y debo decir que este documental hizo cambiar todo lo que sentía y había visto.

 

En hora y media se relataba de forma detallada como fue la estadía de Ana y los otro 7 acompañantes del escondite que los mantuvo a salvo por dos años. Aunque el documental se enfocaba en Ana, explicaban paso a paso como fueron los años en los campos de concentración y por qué aquello había sido un acto de crueldad en su máxima potencia. A medida que avanzaba el documental, mi corazón se quebró en pedazos. Pude ver el Antes y el Después de cada lugar que yo misma había caminado en julio del año pasado y entonces mi mente comprendió aquello que faltaba. Caí en cuenta de dónde había estado y lo que significaba cada pequeño y silencioso rincón de Auschwitz. Aunque la historia de Ana termina en Bergen Belsen, cada vez que veía una toma de Auschwitz mi corazón se petrificaba y se daba golpes de culpa por no haber captado antes lo que yo había experimentado. Lloré lo que no lloré cuando estuve físicamente allá mientras veía el documental y me sentía cada vez más impotente por no haber valorado como debía aquella visita. Estar allá una tarde entera no había supuesto una oportunidad de paseo, era una oportunidad para abrir el corazón y comprender que la crueldad estuvo y estará presente siempre y que las almas inocentes y petrificadas de terror que allí murieron fueron sueños rotos y vidas que pudieron tener éxito, alegría y que pudieron ser un aporte trascendental a la humanidad, pero no se les permitió. Lloré hasta que el documental acabó y esa misma tarde visité el Santísimo para pedir perdón. Perdón por huir a la realidad y no tener en ese entonces el conocimiento para que el mensaje calara en mi corazón. Ahora veo las fotos que tomé de allá y me siento tremendamente movida por todo lo que pude ver, Dios nos dio una lección a través de esta visita que jamás creí que podría tener en mi vida. La JMJ fue una oportunidad de gozo y de acción de gracias, pero también fue un despertar con esta visita para darnos cuenta que el pasado forma parte de la sociedad actual y que es el pasado el que nos sirve de llamado de prevención para que sucesos como estos no tomen vida nuevamente.

 

Gracias a este documental ahora comprendo a plenitud donde estuve y daría lo que fuese por volver atrás para darle el valor merecido. Reemplazaría las caminatas de pláticas comunes por una oración intensa y por ver los detalles dé cada rincón. Dejaría la cámara de lado para ver la inscripción que decía “El trabajo libera” y quizás los momentos de distracción o de sólo escuchar las explicaciones serían momentos de oración. Hoy me arrepiento por no conocer esta historia a profundidad antes, pero oro por las almas de los millones de caídos ante una potencia llena de odio en esos años. Probablemente nunca más vaya a Auschwitz ni llegue a visitar los restos de los otros campos de concentración, pero lo que sí sé es que esta vivencia dejara una lección de vida fuerte y agradezco a Dios por sacarme de la ignorancia que por muchos años tuve sólo por miedo a sentirme mal.

 

Te invito a leer la historia del holocausto, debemos conocer hasta dónde llega la crueldad del hombre para luchar de forma más intensa por un mundo con paz. Gracias a la diócesis de Gliwice en Polonia por abrirnos las puertas de su historia y permitirnos compartir su pesar y gracias a Dios por aquel documental que me hizo despertar 11 meses después de visitar este lugar. Dios te bendiga.

 

 

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