El niño de la camisa de cuadros

September 27, 2017

Eran las 6:35 p.m. y me encontraba sentada frente a la puerta del Templo. Un frío inusual protagonizaba el ambiente en el parque de la parroquia y la multitud estaba hasta la puerta principal debido a la hora santa semanal. Desde un par de meses a la fecha, los jueves se habían convertido en el segundo día más concurrido en la Iglesia, siendo la Misa de las 6:00 p.m. la oportunidad para escuchar la Palabra de Dios y luego participar de la hora santa.

Ese día me había programado para ir a la exposición al Santísimo y gracias a la astucia, o quizás juega vivo del conductor del bus había llegado súper temprano a La Chorrera. Como ya era tarde para entrar a Misa, me senté en la rotonda del parque a esperar a que iniciara la hora santa y así tener un momento de comunicación profunda con Jesús en medio de un ambiente tan pacífico. Sin embargo, varios fantasmas o como me gusta llamarlos a mí, dementores emocionales, empezaron a relucir mientras el frío, la soledad y el silencio me acompañaban en la noche. Vi que no había chicos conocidos cerca, esperaba a alguien que al final me había dicho que no iría y se me empezaron a mezclar las situaciones negativas que me impulsaban a simplemente levantarme, tomar un taxi e irme a casa.

 

La verdad es que todo apuntaba a que simplemente me fuera del Templo, pero justo cuando estaba por ponerme de pie pude escuchar al sacerdote dar la bendición y hacer la invitación a que todos los que estaban afuera se acercara para la exposición al Santísimo, aparte de que los que estaban adentro se quedaran para el momento de adoración. Tengo que confesarlo, el remordimiento fue lo que hizo que me quedara. Es decir, había caminado desde la parada hasta la parroquia, había esperado 30 minutos afuera con el intenso frío y ahora simplemente, ¿me iría?

 

No veía a nadie conocido cerca, pero algo hizo que aun así entrara a la parroquia y para mi suerte, encontrara un puesto…justo enfrente del Altar. Qué irónico. Mis ganas de estar en una hora santa no eran muy notables desde hace buen tiempo. Para resumirles mi historia, cuando entré a pastoral juvenil me dediqué a participar de todo. Encuentros, misas, retiros y claro está…la hora santa de todos los jueves en la parroquia. Era algo necesario en mi vida, pero siendo honesta los motivos para ir quizás no eran 100% espirituales en ese entonces. Iba para orar, pero también iba porque todos mis amigos iban, porque mi en ese entonces novio iba y así…miles de motivos que tiraban más a lo social que a la verdadera esencia de la hora santa. Y claro, sólo iba a la hora santa. Entrar a Misa antes de que empezara el momento de adoración no era algo que me llamara la atención, pero claro, esos tiempos han cambiado. Ahora, el trabajo, el estrés y no sé, la esencia de perder la costumbre de ir a la hora santa habían acorralado mis sentimientos y me sentía tal cual como esa chica de 18 años que antes no conocía lo maravilloso de visitar a Jesús Sacramentado.

Volviendo a lo actual, había encontrado un asiento VIP literalmente y ya adentro y de rodillas, no me quedaba otra que buscar dentro de mí esa conexión que consideraba perdida para poder hablar con Jesús ante tan memorable momento. Fue muy lindo la verdad, pude orar como tenía rato sin hacer en una hora santa combinando el silencio por espacios, la música y las reflexiones siempre tan acertadas del sacerdote. Lloré un poco, di gracias, pedí perdón y dejé un par de intenciones ante el Santísimo, pero la parte que más me conmovió viene a continuación.

 

Durante la hora santa hay un momento particular donde el sacerdote pasea el Santísimo Sacramento entre las personas y es como esa oportunidad de tenerlo más cerca. Lo que pude ver cuando esto ocurrió no sólo me puso a llorar sino que me hizo reflexionar sobre la importancia de siempre tener a Jesús como centro de tu vida. Mientras mi mirada seguía al Santísimo, pude ver una familia que se encontraba en los asientos de enfrente, justo en la primera fila central. Ambos, papá y mamá yacían de pie orando y con sus ojos cerrados, sin embargo, un niño de unos 7 años, con camisa de cuadros y pantalón negro se mantenía arrodillado ante el Santísimo, con sus manos en lo alto y sus ojos cerrados mientras cantaba “Oh Jesús te adoraré, yo con mi alma…” de mi querida Marisol Carrasco. Mi mirada se pausó en ese niño. No sé si sabía que estaba pasando, pero aquel niño de camisa de cuadros estaba alabando a Jesús a su corta edad con una alegría y entrega que mi pensamiento en el momento fue: quiero estar así como él. No pude evitar contener las lágrimas y me puse igualmente de rodillas, cerré mis ojos y oré mientras mis manos se alzaban para dar gracias a Dios por tanto.

 

Salí de aquella hora santa animada, emocionada y con ganas de volver cada jueves, esta vez con las intenciones claras. A veces sólo necesitamos de pequeños pero significativos momentos como ver a un niño adorando a Jesús para recordar que Él es el centro de nuestra vida y no tiene nunca fecha de expiración nuestro amor hacia Él. No sé cómo te llamas, pero gracias querido niño por esa imagen, gracias a ti esa noche me acerqué más a Jesús.

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