¿Quién condiciona lo que sentimos?

December 18, 2017

 

Parece una pregunta fácil de responder, pero la verdad es que no es tan simple una vez que pasas por algo que pone en duda cómo manejas tus emociones. ¿No te ha pasado que sabes cómo deberías sentirte pero aun así no logras controlar al 100% esas emociones? Nuestra lógica va por un lado indicando que no debemos pensar mucho las cosas, que habrá mejores tiempos y que es hasta lo correcto y lo que debía ser, pero el inquilino que habita el corazón siempre tiene que salirse con alguna barbaridad para hacernos sentir mal con todo y que tratamos de que algo no nos afecte. Entonces, ¿quién decide cómo nos sentimos con respecto a una decepción o algo que involucre al corazón? ¿La otra persona? ¿Nosotros? ¿O simplemente no se controla?

 

Yo creo que hay un poco de las tres cosas en este asunto. Nuestras emociones trabajan de la mano con las acciones. Siempre dicen que nadie se ilusiona solo, y aunque algunos sí lo hacen, en la mayoría de los casos las personas se ilusionan de verdad porque las acciones y los gestos hablan por sí solos. Empezamos siempre un caminar pedregoso donde dudamos de lo que podamos llegar a sentir y no le damos mucha fe a un prospecto porque nos mantenemos en esa zona segura donde no permitimos que nuestro corazón suelte a flote el lado tierno o cariñoso que albergamos, ya sea por temor a decepcionarnos, por traumas pasados o porque simplemente no estamos convencidos de esa persona que está tocando la puerta emocional de tu vida. En este lapso pueden ocurrir dos cosas: o todo se va marchitando porque nos reprimimos a abrir nuestro corazón o la otra persona es lo suficientemente paciente y tiene una buena estrategia de mercadeo para promocionarse como un buen prospecto, que, en efecto, va a causar distintas sensaciones en ti y al final irá destruyendo esa barrera que limita tus expresiones y demostraciones afectivas. Y puedo lo siguiente con algo de rabia y hasta risa mezclada: una vez que esa persona logra tumbar la barrera de la zona segura emocional, no hay vuelta atrás. Al principio podemos parecer escépticos y hacernos lo que nada nos sorprende, pero cuando en medio de la noche y en el silencio de la habitación sonreímos de forma bastante atontada por un mensaje de esa persona, allí podemos admitir de forma privada que definitivamente ya la puerta se abrió. Y al primer mensaje clandestinamente vulnerable y emotivo que digamos, ya estamos del otro lado de la habitación de las emociones que saltan de forma incierta. Y allí queridos amigos, allí ya no podemos hacer nada, salvo orar porque las cosas no se tornen grises después.

Hablo de esto porque creo que muchos lo hemos vivido, ya seas hace tiempo o de forma muy reciente. Somos seres emocionales y aunque hemos pasado por decepciones o situaciones que nos hacen estar algo retraídos a la idea de amar, siempre nos volvemos a lanzar porque conocemos a alguien que nos da alas en su momento para hacernos pensar que es posible seguir volando aunque las alas que tengamos estén rotas por guerras caídas anteriores. Y es un tema complicado. ¿Cómo saber que esta persona sí es la indicada? Si me gusta, ¿me mantengo escéptica y fría o demuestro lo que siento? ¿Perdemos más al ocultar sentimientos o al ser sinceros?

La verdad, ninguna de estas interrogantes tiene una respuesta fija, todo dependerá de quién es la persona que está tocando tu puerta y de qué tanto puedas confiar en la situación. Y hay algo que he aprendido de eso. Al final, todo se supera. Algunas decepciones toman semanas, otros meses y algunas de forma crítica hasta años en superarse. Y por más ilógico que suene, a veces lo que dura años puede afectar igual que algo que sólo acaparó meses de tu vida, simplemente porque tu estado emocional no es el mismo siempre y no toda experiencia amorosa se vive con la misma intensidad o molde. Y vaya que es un tema complicado, pero de todos modos resulta interesante ver cómo podemos conocernos mejor y trabajar nuestras emociones, tomando cada decepción como una lección valiosa para no cometer los mismos errores en el futuro.

 

Volviendo a la pregunta inicial, ¿quién condiciona lo que sentimos? Es una mezcla algo extraña pero que con mis propias experiencias he podido formular una teoría. Somos nosotros mismos los que decidimos que tanto nos puede afectar algo, solo que muchas veces los recuerdos y la combinación de otras emociones tristes nos complican la situación. Lo que para algunos es un simple fin a una relación o la pausa de algo que parecía tener un buen caminar, para otros es un golpe al hígado porque son más sensibles y no son de abrir su corazón y cerrarlo de forma instantánea. Entonces, cada corazón es un tema distinto. Y cuando una decepción toma curso, lo mejor es aprender con el tiempo a condicionar lo que sentimos, ya que muchas veces son sentimientos de bajones emocionales sin sentido o que no sabemos ni por qué sentimos. A veces incluso sabemos que es lo mejor pero nos cuesta asimilarlo porque la mente y el corazón no se ponen de acuerdo o solo se trata de la tonta idea de que vamos a extrañar un patrón de comportamiento afectivo que estuvimos experimentando en un lapso específico donde nos sentíamos bien y hasta complementados con este trato especial. Ante estas situaciones, la oración y el aferrarse a los amigos es lo mejor. Suena como un consejo cliché, pero tiene un efecto muy positivo si lo tomamos en serio. Al final, cuando el corazón dice que siente algo, no podemos domarlo, solo queda aprender a reconstruir las piezas una vez que el daño ya está hecho o que hemos metido la pata en involucrarnos demasiado, porque de todos modos si lo analizamos bien, ¿quién piensa que algo no va a funcionar cuando el corazón está haciendo de las suyas?

La vida se trata de eso, de vivir experiencias, de aprender a ser fuerte y de tomar cada caída sentimental como una lección para ir fortaleciendo el corazón y enseñándole a no rendirse ante cualquier palabra, gesto o detalle. Y no, no estamos produciendo almas vengativas o frías, sino mentes cuidadosas que esperan el tiempo necesario para entregar su corazón al indicado.

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