"Crónicas de un diluvio improvisado"

July 30, 2018

Estoy escribiendo esto a las 10:03 a.m, justo unos 45 minutos después de haber llegado a mi destino y de sentir la necesidad embriagante cada vez que escribo algo.

 

Cuando mi alarma sonó a las 4:15 a.m. de hoy lunes, escuché las gotas de lluvia bailar entre la ventana y pude predecir que sería una mañana turbia. La lluvia en la ciudad es sinónimo de caos disfrazado porque hasta la fecha aún nos hacemos la vista gorda y creemos que simplemente es el martirio que nos toca por estar en este país con respecto a las trastadas que causa el clima. Pero este caos que yo me imaginaba no tenía nada de parecido a las crónicas que viví en las últimas 3 horas. Subir al auto y llegar hasta la terminal fueron la fase “junior” donde todos sentimos que las cosas podemos manejarlas, pero cuando estaba en la fila del bus y la ráfaga de viento hizo combinación tenebrosa con la lluvia, creo que ni un hechizo protector de McGonagall podría salvar a los pobres usuarios de lo que venía. Ahora, vamos a un momento cumbre de esta situación, vamos justo al minuto en que yo decidí subirme a un Metro Bus con semejante diluvio…lo sé, mi tremendo y retorcido error. Pero vamos, una persona llena de esperanza y sentido positivo como yo creía factible que desde la terminal hasta mi destino y en un lapso de 10 minutos de viaje de seguro el agua cesaba y llegaba con un sol radiante a la parada. Sí, creo que debo trabajar mi sentido del realismo, porque una parte de mi sabía que eso no iba a pasar, pero aún así tomé el bus y sólo esperé que pasara lo mejor.

 

Al final, mi travesía mañanera tratando de ser la reina del clima y la controladora de tormentas en ascenso se vio resumida por el hecho de que la tormenta continúo, la parada estaba inundada y no pude bajarme y quedé como último remedio atrapada en la parada final de la ruta, sólo para sobrevivir a la lluvia… Suena como una crónica más interesante que el Príncipe Caspian de Narnia, pero la verdad es que fue toda una aventura disfrazada de tormento para hacerme reflexionar un poco. Sí, si creían que el escrito era para contarles mi entretenida mañana solamente, se equivocan.

 

Desde hace un par de meses se me ha hecho más complicado escribir, no por tiempo ni por tener las ganas o no de hacerlo, sino porque no encontraba inspiración alguna. Generalmente mis escritos son el resultado de algo que haya vivido, alguna historia que escucho o de pequeños detalles que veo en la calle que generan recuerdos o que me hacen utilizar un poco más el % de mi cerebro a nivel de imaginación. Sentada en el bus y mirando a la calle (lo poco que se veía), me puse a pensar de que muchas veces nos establecemos en una zona de confort que muchos temen caer pero que por dentro les hace sentí seguros: la rutina. Y he aquí la razón por la que no tenía desde hace un tiempo cosas que contar, estaba viviendo una rutina bastante definida, cómoda pero sin lugar a nuevas experiencias. Y sí, una vez que aprendes a hacer algo o que logras un equilibrio todo se torna sencillo. Se trata de hacer lo mismo todos los días en el mismo ritmo y buscando los mismos resultados. Pero, ¿qué pasa cuando vemos por encima de esa barrera de cristal que supuestamente nos protege a tantas personas conocidas o da igual si no sabemos quiénes son alcanzando nuevas metas? ¿Cómo te sientes cuando ves a tu compañero obtener un título, viajar, emprender un nuevo reto, aumentar su familia o expresar su felicidad por algún logro y sueño hecho realidad mientras tú solo repites el mismo disco una y otra vez? Y vamos, el que diga que comparar está fuera de su vocabulario se está mintiendo, porque vivimos comparándonos. Para bien o para mal, para destruir o para motivarnos, siempre estamos pendientes de los demás, especialmente cuando se trata de envidiar o de sentir desilusión hacia uno mismo por no salir de la misma zona. Sentada en el bus mientras el diluvio hacia de las suyas, caí en cuenta que el simple hecho de salir hoy de la rutina y quedar en otro destino, viendo otros paisajes y sin la menor idea de cómo acabaría todo, era una señal divina (aunque algo tétrica ) de que tenía que empezar a ver las cosas así: diferentes cada día. Hay tantas cosas que llevamos en nuestra lista personal de sueños pero las dejamos en una segunda lista de espera que por dentro sabemos que no vamos a cumplir porque no tenemos las agallas suficientes o porque nos conformamos con ver a alguien más tomarlas y convertirlas en una acción palpable.

 

Mi consejo de hoy: arriésgate. Estudia más, busca metas profesionales que van acorde a tu capacidad y no a tu grado de pereza, toma caminos distintos, no sigas la corriente de lo común, deja que cada día sea una nueva oportunidad de dejarte sorprender y de sorprender así mismo a otros. Es tiempo de dejar el sillón de las excusas, ese que nos encanta tener como asiento protagónico para solucionar entre comillas nuestra vida, el que nos priva de tomar retos, de hacer sacrificios y sobre todo de aventurarnos, sólo porque creemos que la vista desde el sillón es linda, sin saber que se puede ver el mundo entero sólo si nos ponemos de pie y salimos. Y esto va también ligado a la vida espiritual: es levantarse del sillón a ser evangelizadores, a desarrollar proyectos que ayuden a que más personas quieran conocer a Jesús, es dejar el elitismo de sentirnos los elegidos sólo por asistir a un Templo y convertirnos en verdaderos discípulos que utilizan todos los medios disponibles, desde redes sociales hasta una visita amigable a un centro penitenciario o una llamada para consolar a un vecino y así ser ejemplo de que Jesús vive en nuestro corazón y por ende queremos que viva en el corazón de muchos más.

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