"Ángeles con harapos"

August 8, 2018

Fantasmas en mi casa, en el Valle de Antón, en Madrid y hasta en el aeropuerto de Barajas con libros voladores. Si suena a la descripción del próximo libro de Harry Potter, pues le avisan a J.K Rowling que acá hay contenido de sobra para inspirarse. No es un secreto de que he tenido mi par de vivencias sobrenaturales, todas muy serenas y sin tanto alarde de terror, pero sí con su pizca de trauma. Súmenle eso a que resulta que también hay fantasmas en Cartago, Costa Rica (sí, así me contaron).

 

Pero hoy no vamos a hablar de fantasmas, hoy quiero contarles una historia real de algo que me pasó recién y que aún cuando lo recuerdo mis ideas se ponen en blanco al buscar una explicación. Hagamos “rewind…”

 

Sábado… 10:45 p.m. – Por los lares de la Cinta Costera

 

Yo soy la última persona que puede pensarse en estar a las 10:45 p.m. por la Cinta Costera. Eso de caminar bajo la luz de la luna y reflexionar de la vida mientras dialogas con tu propia sombra no es mi estilo en la ciudad, pero aquel sábado por temas del destino había quedado en tal situación. Mi hermana tenía un evento, mis padres habían hecho el viaje para llevarla y traerla y yo por título personal le tengo miedo a mi casa si se trata de quedarme sola de noche, por ende, todo indicaba que era el momento perfecto para sumarme a su travesía y en modo ahorrativo irme con ello, aunque fuese un tema de matar tiempo un sábado por la noche.

 

Considerando que estábamos cerca de la Cinta Costera decidí hacer una pequeña travesía personal y despejar mi mente mientras mis padres cenaban en un boulevard que estaba casi que enfrente del área. Lo necesitaba, mi mente había estado divagando por varias crisis últimamente y el hecho de tener un espacio para mí en donde pudiese respirar hondo y dejar que todo fluyera resultaba una terapia bastante aceptable. A pesar de las luces, el ruido de los autos y el ligero temor de ser asaltada, esa media hora en la Cinta Costera fue el desierto que mi mente había estado pidiendo a gritos desde hace un tiempo. El detalle es que ese momento era apenas el inicio de una noche bastante interesante.

 

Cuando ya se hacían las 11:30 p.m. y veía a lo lejos a mis padres salir del restaurante me apresuré en cruzar el puente que conecta cada lado para subri al auto con ellos y empezar el viaje al destino donde buscaríamos a mi hermana. Decíamos que aun faltaba mucho para recogerla, pero mis padres ya habían cenado y estaban algo cansados de estar sentados en el restaurante, por lo que prefirieron tomar el auto y dirigirse al hotel donde ella estaba para esperarla afuera. ¿Quién lo diría? Pensábamos que estábamos completamente sobrados en tiempo, pero un pequeño accidente cambiaría todo, desde el tiempo, los humores y principalmente mi percepción a muchas cosas.

 

Una llanta del auto y una viga salida en el estacionamiento del restaurante pausaron el ritmo de la noche. Escuchamos el golpe y el seguridad del local corrió por detrás del auto para pedirnos que nos detuviéramos. La llanta estaba “flat” y eran las 11:45 p.m. en plena calle lateral de la Avenida Balboa. Mi mamá y yo bajamos del auto asustadas, encendimos las linternas del celular y pudimos ver la gravedad del asunto. La llanta estaba completamente sin reparo alguno y mi papá necesitaba ayuda para sacar adelante esta situación antes de la 1:00 a.m. en que buscaríamos a mi hermana. Mientras el seguridad buscaba dentro del restaurante un  gato para la llanta (porque el de mi papá estaba dañado), prácticamente de la nada un hombre apareció. Con un jeans de huecos, una camiseta negra y una gorra que decía “I love Panama”, el amigo misterioso dijo que podía ayudar. No llevaba nada consigo, ni siquiera una maleta, por ende, su pinta más que miedo nos dio alivio en saber que al menos no intentaría robarnos, tomando en cuenta que la policía tenía una patrulla justo a 100 metros de nosotros haciendo ronda.

  • “Voy a necesitar un gato que pueda subir bien la llanta”

  • “El seguridad entró a buscar a alguien que la preste”, dijo mi papá sin preguntarle siquiera a este hombre su nombre o de dónde venía.

Este hombre soltó chistes, cambio la llanta del auto junto con mi papá y estuvo casi una hora allí con nosotros en plena soledad de la avenida ayudándonos por mero interés de que todo saliera bien. Cerca de la 1:00 a.m. habíamos solucionado el problema, el gato se le había devuelto al dueño del restaurante y aquel hombre sin identificar seguía junto a nosotros mientras contaba la importancia de tener la llanta de repuesto y el gato necesario. Mi mamá le hizo un gesto a mi padre de esos que entre ellos comprenden para que no pasara por alto el hecho de pagarle algo a esta alma bondadosa. Le pagó muy agradecido y el hombre solo esbosó una sonrisa mientras empezaba a dar los primeros pasos en dirección a la calle de arriba luego de despedirse. Mientras mis padres conversaban con el seguridad, yo me quedé viendo al frente, en dirección adonde iba este susodicho. Aproveché que el área se veía barrida y sin malhechores y caminé a unos metros de distancia del tipo, sólo para saber qué haría. ¿Iría a algún bar o restaurante con el dinero que le dimos? ¿Cuál era su destino antes de detenerse a ayudarnos?

 

En serio, podía estar solo a 150 metros de él, apresuré el paso cuando vi que giró hacia la calle de la izquierda…y para mi sorpresa…cuando giré, casi que medio minuto después que él…su rastro no pintaba por aquella calle. Los edificios de la hilera eran de empresas por lo que yacían cerrados y las aceras estaba completamente visibles porque era un área bastante limpia de la ciudad. Ante mis ojos y en cuestión de segundos este hombre había desaparecido.

 

Escuché el llamado de mi madre a la distancia y me regresé corriendo al estacionamiento…

 

-“Disculpe, ¿conocen al señor que nos socorrió? ¿Trabaja aquí? ¿Iba saliendo de su turno?

 

El seguridad y el dueño del local se vieron…

 

-“No querida, este señor solo le vemos de vez en cuando por ahí, pero no tenemos idea de quién es. Aparece en las noches caminando y hoy se ha detenido a ayudarlos, pero no conocemos ni su nombre". 

 

Un ángel con harapos…esa fue nuestra ayuda aquella noche, estoy segura que fue así. Esta no es una historia de miedo para una nueva edición de “Narraciones panameñas”, es una muestra de que estas cosas pasan…y solo basta agradecer por ellas.

 

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