Toc toc...¿quién es? Es tu nombre en mi pizarrón

April 7, 2019

Me mantuve de pie frente al pizarrón por media hora. Buscaba no olvidar ningún nombre, aunque al final sabría que recordaría un par después de publicar esto. A veces pensaba que la línea de la amistad verdadera se contabilizaba en años, en experiencias y en mucho camino recorrido. Pensaba que se basaba en cuantos recuerdos podrías haber tenido con esa persona o qué tantas risas o buenos momentos tenían en su favor como memorias de vida. Luego me di cuenta de que no vivimos de los recuerdos. Los recuerdos pueden mantenernos vivos, pueden darnos temas de conversación y hasta pueden traernos de vuelta ciertas emociones positivas, de esas donde sonreímos en base a lo que nuestra mente procesa, pero al final, todo se resumen en el presente. Ese amigo que leía historietas contigo en primaria, si ya no está en tu vida ya no representa una sonrisa o tiempo de calidad en tu presente. Entonces, todo se cuenta con lo que vivimos actualmente.

 

Esto es un paréntesis, así como cuando dices, cambiemos el tema por un momento. Esto es un escrito tal cual como una dedicatoria de un libro recién lanzado, como ese espacio que necesitas desahogar pero que como te consideras una persona que le gusta escribir aprovechas y sacas un escrito al respecto. Casi como una manifestación pública de agardecimiento, interrumpimos los escritos evangelizadores, director, de críticas y de llamado a la concientización de nuestros abruptos actos para marcar una línea de alegría para dar gracias, porque en el mínimo detalle, has contribuído a que yo sea una persona más feliz.   Sea que hayas estado o no en mi pizarrón solo es un simbolismo activo de que en mi memoria las experiencias juntas tienen un canal abierto, activo, vigente. Significa que lo que vivimos, compartimos, discutimos o reímos no representa un recuerdo del pasado, sino que es una asociación que sigue latente, como si fuese sólo un recuerdo de ayer, de cuando recién pasó.

 

Con este escrito te invito a analizar y responder a lo siguiente: si tuvieses que escribir una carta de agradecimiento a tus amigos reales… ¿qué tan larga sería?

Yo tengo mucho que agradecer, y no por mencionar nombres, sino mas bien acciones, actos formidables donde te recuerdan que eres importante, que tu amistad tiene un valor significativo, que al final…sí piensan en ti.

 

Gracias a ti, que me preguntas día a día si he almorzado, que puede leer sin pereza mis complicidades en la oficina y que se ríe de las falacias que digo, aunque no todas tengan un elemento de risa.

 

Gracias a ti, que aunque solo veo los domingos, me recuerdas que el cariño hacia una persona puede permanecer intacto, aunque muchas cosas en el entorno cambien. Y gracias, por cosas tan simples como un abrazo sincero…y tan complejas como aparecer de paño de lágrimas a las 9 de la noche de un jueves de diciembre cuando sentía que mi estado emocional no podía tocar más fondo.

 

Gracias a ti, que sabe decirme las cosas como son. Sinceras, directas, sin tantas vueltas. Quizás mi mecanismo de defensa muchas veces sea dejarte en visto, pero me dices las cosas como son. Gracias por eso.

 

Gracias a ustedes, la comunidad que me enseñó tanto por casi 5 años. Los que me hicieron madurar, crecer, abrir los ojos y amar más a Jesús. Decir que son una familia para mí no es un cliché, es una afirmación que puedo echar al fuego sabiendo que no va a quemarse. Simplemente gracias. 

 

Gracias a ti, que me repites una y otra vez que soy una buena persona, incluso cuando yo misma no me lo creo. Que no sólo me regalas conversaciones profundas y tan poco comunes, sino que de verdad te preocupas, eres una amistad sincera, de esas que sientes que están en peligro de extinción.

 

Gracias a ti, que me escuchas aunque yo a veces no lo haga del todo. Porque desde niñas hemos sido inseparables y porque el término de diario andante se queda en corto ante tantas vivencias que hemos compartido. Sin ti no sé qué sería de esta vida mía, sería un porcentaje menos alegre e intrigante.

 

Gracias a ti, quien a pesar de los cambios de la vida, a pesar de que hemos madurado y crecido, tenemos una afinidad que el término “hermanas se nos queda corto”. No sólo porque amamos al mismo actor o porque nos conectamos en Netflix con las series, sino porque nuestras mentes a veces hablan un mismo idioma. Gracias amiga por mantener todo como siempre, cercanas aunque a veces no estemos disponibles.

 

Gracias a ti, la consejera innata. La que sabe subirme el ánimo y analiza la vida mejor que un oráculo. La que se ha dado cuenta de mis peores momento sin yo decir una apalabra y aún así tiene una mano amiga y minutos en el celular para llamarme y preguntarme qué pasa.

Gracias a ti, casi vecino, porque no necesitamos hablarnos todos los días para tener ese vínculo de hermandad latente. Tus consejos, palabras de aliento, historias que quizás por ahora solo nosotros dos sabemos, hacen que llamar mi hermano sea más que un apodo, un honor.

 

Gracias a ti, quién no solo me ve como una mamá, sino como un apoyo consejero. He aprendido tanto de ti, y hay tanto de mi en ti cuando tenía tu edad. Compartir un “bias” no es nada en comparación a la alegría que siento por la coincidencia de ponernos juntas en aquella Semana Santa.

 

Gracias a ti, porque lo que empezó como un vínculo tradicional de sangre donde debíamos querernos solo por ser familia, se convirtió en un vínculo musical, de consejo, de apoyo y de cariño. Y sin mencionar que un grupo pudo unirnos más de lo que pensábamos.

Gracias a ti, el que siempre dice que sí, incluso a grabar un lunes por la noche. Por cada recibimiento con la cabeza agachada como símbolo de nuestra particular amistad, como confiarme tantas cosas y viceversa.

 

Gracias a ti, simplemente porque tu amistad es demasiado valiosa. Desde perdernos en Madrid, ver Netflix y conversar de tanto, gracias por defender el término de “amistad” con honores, como un gancho de oro.

Y así, podemos irnos dando las gracias. Al final, una amistad que puedes recordar sin hacer tanta memoria es una amistad latente, pura.

 

Estas líneas previamente escritas me hacen pensar también en aquellos que ya no están. Y no por difuntos, sino por indiferencia. Cuando tienes un amigo de quién te alejas poco a poco y sólo saber excusarte culpando a la vida y tu nueva adaptación, solo estamos hablando de una persona a quién quizás no le importaste lo suficiente como para seguir allí vigente, solo querías convertirte en un recuerdo más que permanecer en su vida. Quizás de esas personas escriba en otra ocasión, cuando mis ánimos me lo permitan. Por ahora, te invito a agradecer a aquellos que están allí, presentes. No te incito a escribir una carta, pero sí a valorarlos, a sentirte dichoso de tenerlos. Te repito, si tuvieses que escribir una carta de agradecimiento a tus amigos, ¿qué tan larga sería?

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