"El diario de Marilin: lo que pudimos llegar a ser..."

April 30, 2019

 

(Por Marilin)

 

Un buenos días cada mañana. Al menos una llamada por Whatsapp a la semana. Dos almuerzos rutinarios en el centro comercial mientras esperábamos que la fila del bus bajara. Escapadas a destinos que sólo nosotros conocíamos de vez en cuando. Tu mirada. La mía. El hecho de no tener nada en común, ni siquiera los gustos musicales…pero aún así sentir que nos entendíamos del todo cuando no hacíamos absolutamente nada…

 

Pudimos llegar a ser una de esas parejas que se toman fotos para colocar en cuadros en sus casas, de esas que planifican de forma anual un viaje a destinos exóticos y que comparten un frappé cada 3 días después de salir del trabajo. Pudimos ser esa pareja que pelea tonterías, que dice cosas sin sentido que hieren movidos por el impulso de la rabia del momento, pero que luego se buscan casi que en un lapso similar para mirarse a la cara y pedirse disculpas.

 

Pudimos ser de verdad una mezcla interesante, con mentes en mundos totalmente diferentes y con perspectivas que chocan, creando conversaciones casi que inevitables donde cada quien trata de explicarle su mundo al otro. Pero aún así, siempre encontráríamos la fórmula para adentrarnos en esa burbuja y comprenderla.

 

Y si lo piensas bien, todo se dio sin siquiera planearlo. Fuimos de esas almas que no se buscan porque están ajenas al hecho de querer encontrar a alguien, pero cuando chocamos, fue simplemente inevitable. Tan inevitable como hablar horas por teléfono sin sentirlo como una obligación, tan inevitable como decir que sí a nuestra primera cita y mucho más inevitable como dar el primer paso a decir que nos queríamos, que en efecto, algo había.

 

Y para alguien como yo, cuyo corazón es tan frío y testarudo me cuesta aún admitir que sentir que las cosas contigo eran diferentes era demasiado oportuno. Había luchado tantas veces resultando ganadora de controlar mis emociones por el miedo invasivo a salir lastimada o al no querer a alguien lo suficiente, que tenerte cerca a veces asustaba de lo fácil que era, lo confiable que se sentía y sobre todo…lo especial que me hacías sentir.

 

Recuerdo que admitir que me gustabas fue de las cosas más radicales que he hecho, no por lo que sentía, sino porque estaba derribando una muralla con más de 2 años de construcción donde me rehusaba a entregar de nuevo mi corazón…pero tú lo lograste sin esfuerzo alguno, simplemente era inevitable.

 

Nunca tuvimos una canción de amor específica, ni un lugar favorito, pero sí hicimos muchos recuerdos en poco tiempo, de esos que se quedan marcados como huellas imborrables sin importar cuantas otras memorias vayas haciendo en tu vida.

 

Y hasta allí, todo parecía estar bien. La palabra “correcto” había adquirido sentido nuevamente, y la mentalidad de construir una nueva historia de amor estaba cobrando fuerzas…pero en ese punto cumbre, en esa colina que estábamos ya por subir, algo colapsó y todo lo que soñábamos en convertirnos simplemente se quedó como el recuerdo extraño de lo que pudimos llegar a ser.

 

Puedo pensar en muchas cosas que hicieron que no lográramos escalar esa colina juntos, rayos, de verdad me gustabas…pero ese no era el destino, eso claro está.

Quizás fue el hecho de que teníamos miedo…no podíamos vernos fijamente por más de 10 segundos porque entonces todo sería demasiado real, como un compromiso vivo y sentir ese enganche no era lo que estábamos buscando, al menos no en ese momento. Sabíamos que los sentimientos estaban ahí, pero no queríamos saltar al acantilado, no sabíamos si éramos capaces de nadar ni mucho menos de sobrevivir.

 

Quizás fue el hecho de no querer soltar nuestros estilos de vida, porque estábamos cómodos sabes, cada uno estaba bien en lo que hacía y tenía y ponernos más cerca haría que un par de cosas cambiaran…quizás en el fondo no queríamos soltar ese estilo de vida personal que nos mantenía a salvo a cada uno, en su tranquila y cómoda realidad.

Quizás nos quisimos demasiado rápido, jugamos a la montaña rusa de las emociones sin conocer bien nuestros ángeles y demonios y cuando las cosas ya no pintaban como una buena obra de arte, habíamos entregado demasiado.

 

O quizás, quizás así tenía que pasar. ¿Sabes cuánto he aprendido de todo lo que vivimos? Y espero que tú también. Y no, no hablo de falacias como decir que tuviste la culpa o de que me zafé de un error, hablo de todo lo que yo tenía que aprender de mí misma y que tú me ayudaste a ver. Hablo de las veces que faltó comunicación, pero me enseñaste a escuchar, a tener paciencia, a esperar que la marea tomara curso. Hablo de las veces que no sabía que podía aconsejar con autoridad y tú confiaste en mí. Hablo de las veces que me sacaste de la rutina para hacer cosas tan poco comunes como tomar un auto a un lugar desconocido y no tener idea de cómo volver solo porque confiábamos uno en el otro que lo resolveríamos. Hablo de como cada momento, bueno o malo me hizo crecer y madurar y sé que hay ciertos errores y actitudes que no volvería a cometer.

 

A veces extraño lo que pudimos llegar a ser porque tengo demasiados buenos recuerdos de lo poco que fuimos, sin embargo…parte de la vida nos enseña que lo que no ocurre es porque debemos ser pacientes a que el final sea uno mejor. Y no solo para mí, para ti también. Porque si se trata de ser felices, ambas partes merecen un final que valga la pena esperar para vivir.

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