5 lecciones de corazones rotos por Alicia

May 3, 2019

 

(Por Alicia)

 

12 de diciembre: se suponía que hoy sería un día genial. Mis padres habían volado a la Riviera Maya por su aniversario #18 de bodas y yo tenía la casa para mí sola por un par de noches. Había programado una pijamada con mis amigas, una maratón de las primeras temporadas de Game of Thrones con los compañeros de la U y claro, una noche de películas con Clyde. Añoraba eso más que las opciones anteriores, aunque nunca les confesé a mis amigos que sus planes resultaban menos emocionantes. Clyde se había ganado un espacio brutalmente especial en mi corazón. Conocía ya a algunos familiares míos, habíamos salido con mis amigos un par de veces y mis padres no lo miraban ya tan mal cuando se aparecía en la noche para hablar en el portal. Las cosas pintaban de una forma casi que de cuento de hadas y habíamos estado hablando por días de esa noche especial. No quiero adelantarme ni delatarles nada, no teníamos nada en mente. Nada. Pero causaba cierta emoción pensar de que esta vez su visita sería diferente, sería más prolongada y definitivamente el factor “solos” le causaba un trago peculiar y curioso al asunto. Yo estaba emocionada y había organizado todo cautelosamente y sin causar mucho alboroto para que nada se interpusiera en nuestra noche. Había salido temprano de clases, había cocinado la mitad de la cena (porque era realista y la otra mitad prefería pedirla a domicilio) y había pagado con anticipación el Internet para ahorrarnos cualquier sorpresa de último minuto. Ese 12 de diciembre tenía que ser mágico, pero tú no lo viste así.

 

Una hora antes de la que habíamos acordado para que vinieras me llamaste y dijiste que no podías asistir, que tenías un inconveniente con un trabajo de la Universidad y tu tono fue seco, indiferente. Sabía que algo estaba mal: primero, porque no solías llamar por teléfono, eras un muchacho de “chats” y notas de voz y segundo, porque no estabas en clases, estabas justo en tiempo de vacaciones de la U. Justo allí sentí un escalofrío por el cuerpo, de esos que te avisan que las cosas van a caer por la borda, o a hundirse, lo que sea peor. Trataste de esquivar el tema y no responder mis mensajes pero si algo había aprendido con el tiempo y las experiencias amorosas es que siempre deben hablarse y darle un punto final, sea bueno o malo. Te escribí un mensaje y te pedí que vinieras a hablar y te negaste, entonces eso fue todo. La pasta aún estaba en el horno cocinándose y ya había hecho el pedido del postre a domicilio, había limpiado un poco la sala y la página de inicio de Netflix estaba ya puesta en el televisor. Solo faltabas tú y ahora que no vendrías, el escenario más que triste, era deprimente. No se trataba simplemente de un cambio de planes, se trataba de un cambio de emociones, una decisión tomada sin siquiera conocer el motivo pero que derrumbaba un corazón restaurado lleno de nuevas ilusiones gracias al trato que habías tenido conmigo durante estos  meses. Estaba confundida, estresada, rota. Pagar la cena y desmantelar la sala no era el problema, el detalle era como confrontaba ahora a mi corazón. Los primeros minutos fueron una pausa prolongada donde trataba de asimilar como en una llamada telefónica, un chat y menos de media hora todo había terminado. Y cuando el tiempo transcurrió y me vi a mí misma sola como una pobre ilusa con toda una idea mágica en la cabeza destrozada, eché a llorar.

¿Dramático, cierto? Pero quitando el gasto de la comida y el trago amargo que me hiciste pasar, puedo sacar 5 lecciones de este embrollo vergonzoso y de todo lo que vivimos juntos:

  1. La realidad siempre la gana a la ilusión: un gran porcentaje de mi desilusión fue que había organizado la noche perfecta y me pausaron. Pero analizándolo bien, ¿tenemos siempre un motivo fijo y seguro para lanzarnos con este tiempo de detalles? Es como los chicos que piden casamiento y los dejan de rodillas y con un “NO” de respuesta porque quizás se adelantaron al momento o nunca conversaron el tema con su pareja y se armaron un cuento de hadas cuando la realidad era otra. Ir con más calma o simplemente ver los patrones que te avisan con tiempo de que esa persona no es la indicada puede resultar la crónica de una muerte anunciada, pero es mejor eso que armar un cuento de hadas sin el co protagonista.

  2. Siempre un amigo de confianza debe estar actualizado de tu status con tu pareja: okei, es cierto que muchas veces estresa escuchar el cuento de amor día a día de tu amigo o amiga, pero en parte, es necesario. Tu salud mental lo requiere. Uno de mis amigos más cercanos estaba al tanto de mi status con este chico y apenas le escribí contándole lo miserable que me sentía, no solo me comprendió y supo consolarme, sino que vino a mi casa  a ayudarme a acabar con toda esa pasta que había cocinado.

  3. No se valen los impulsos: esa noche quería decirle de todo, matarlo con palabras y quizás hasta hacerlo sentir culpable. Pero el llanto y mi estado de shock no me permitió escribirle nada. Dos días después, con los ánimos más restablecidos me puse a pensar: ¿y si fuese yo la que hiciera eso? Obviamente Clyde había pausado todo porque ya no sentía lo mismo por mí, o quizás nunca lo sintió. Suena cruel y hasta vale bestia, pero eso pasa. Y echando la cinta hacia atrás, yo había vivido situaciones parecidas antes. Había salido a citas con chicos y por ser amable quizás los ilusionaba y luego no devolvía sus llamadas o no aceptaba una segunda cita. Esto era un poco más serio y formal, pero no puedes culpar a alguien por cambiar sus emociones. Resulta ser algo inevitable e incluso involuntario. Y pensándolo bien, él me hubiese hecho más daño si esa noche hubiese venido y fingiera que todo estaba bien para luego terminar con todo. No sólo resultaría un mentiroso, sino que un ilusionista en su máxima potencia, y eso me hubiese destruido más.

  4. Todo pasa, incluso las emociones: sí, lógico, se vale que llores, mandes a todos por un tubo y te hagas la víctima por unos días, pero al final todo pasa. Si he visto parejas salir adelante cada una por su lado después de divorcios de años, ¿por qué echarme a morir por una relación de un par de meses? Y no tiene nada que ver con que seas alguien cursi, frío, melancólico, extremista o como sea, es simplemente lo más sano que puedes hacer, es por tu bien. Echarse a morir por alguien en el siglo XXI es como seguir usando discmans cuando se puede descargar Spotify. No se trata de sacar un clavo con otro ni de estar de modo “Avengers” con él o la susodicha. Es solo un cambio de mentalidad, buscar nuevos enfoques, metas, viajes incluso y aferrarte a quiénes están allí para apoyarte.

  5. Con tape o curitas, un corazón roto se arregla: estuve despertando por un par de mañanas sin ánimos, cuando el día avanzaba mi “mood” iba mejorando y ya para la noche tenía ganas de salir o de reírme por un vídeo tonto. Así fue mi rutina emocional por un par de días o quizás unas semanas. Luego, sin darte cuenta, un día despiertas bien, sin ese trago de melancolía encima. De pronto dejas de ponerle importancia a los estados de tu ex pareja y hasta lo desbloqueas en caso de que hayas sido un poco extremista. Pasados los días y calmados los ánimos, vuelves a ser tú. Mejor, eres una versión renovada de ti. No porque superaste una ruptura, sino que porque la experiencia vivida te hizo más fuerte, te regaló un par de lecciones y te reconectó contigo misma. Es un viaje de varios pasos que muchas veces tememos recorrer, pero vamos, hay que admitir que cuando superamos la batalla, la sensación es demasiado genial. Conectada  a esta lección me queda un último consejo, un bonus: una vez superadas las etapas y ya con un corazón dispuesto a seguir viviendo alegremente, ¡ten cuidado! A veces por “X” o “Y” motivo puedes tener de nuevo esa conexión con la misma persona, please, piénsalo 25 veces antes de volverte a involucrar con esa persona.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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