"Pequeñas historias de amor: Por ti llegué, por ti dudé y por ti me quedé"

May 21, 2019

 

Existe un tabú con el tema de los noviazgos dentro de los grupos juveniles. Pueden ser vistos como algo malo o cuya etapa aún no es la indicada o puede ser una oportunidad de sacar provecho a un lindo sentimiento y moldearlo desde el inicio en base a lo que Dios nos enseña del amor.

 

Cuando me preguntan si es bueno o malo permitir los noviazgos en los grupos juveniles pueden existir respuestas variadas, todas correctas. No voy a aplaudir a jóvenes de 15 años diciendo que ya tienen una relación formal y un noviazgo serio, son niños, pero tampoco voy a privar a dos jóvenes de 19 años que se enamoraron en la pastoral cuando puedes formarlos en lo que es un noviazgo santo, lo cual puede llevar a un hermoso matrimonio santo posteriormente.

 

Por eso, Marilin tiene un testimonio personal que nos demuestra que en la fe, el amor juega un papel fundamental y que a veces las personas pueden ser ese instrumento de evangelización, ese empujoncito que necesitamos para enamorarnos de Jesús.

 

“El diario de Marilin”:

 

Alto. Alto, de buen porte y con una sonrisa cautivadora. Detestaba ir a Misa cuando tenía 16 años pero saber que él estaría allí, como servidor del altar era de mis pocas motivaciones. Habíamos intercambiado un par de miradas entre las homilías dominicales, pero seguía sin saber su nombre. Cuando me sonreía, mi mundo se paralizaba. Y no es cursilería, tenía 16 años y los chicos de mi colegio no me transmitían nada. Luego de varios meses, por fin supe su nombre. Arturo. Teníamos la misma edad y nuestra primera plática fue porque nos chocamos afuera del Templo mientras él vendía periódicos y yo trataba de comprar uno para mi madre. Conocerlo fue el primer paso, ahora quería hablarle más seguido. Por eso, cuando supe que había una convocatoria abierta para jóvenes de participar de una obra de Semana Santa, me sumé sin dudarlo. Arturo era parte del equipo de utilería y trabajamos juntos por meses ensayando y preparando todo. Fue mágico. Gracias a esa experiencia Arturo y yo tuvimos 2 citas, pero lamentablemente nuestros encuentros de sonrisas entre Eucaristías no iban más allá, me di cuenta que nuestra chispa no era real. Más había sido la ilusión de que hubiese algo pero al final resultó que el destino no quería algo más de nosotros juntos. Fue difícil aceptarlo y luego que él lo comprendiera, pero gracias a él di el primer paso para entrar en un grupo juvenil. Parece tonto, pero que me gustara fue ese empujoncito para animarme a hacer algo diferente y darle una oportunidad a la Iglesia y ahora que las cosas no iban a fluir entre nosotros, en lugar de irme quería seguir sirviendo y participando del grupo juvenil. Porque ya no estaba en la Iglesia por él, sino porque había estado conociendo por mi cuenta a Jesús y sus enseñanzas. Por Arturo llegué a la Iglesia, mil gracias.

 

Y luego de unos años de estar activa en el grupo juvenil, conocí a Ernesto. Tenía una piel envidiable, hoyuelos que emanaban ternura y bailaba. Era tremendo bailarín. Nunca pudimos tener una pieza decente juntos (porque no bailo) pero me encantaba acompañarlo a sus ensayos para eventos o concursos parroquiales. Con Ernesto la chispa fue real, fue de esas huellas que marcan tu vida de forma imborrable. Fuimos novios por 6 años y podía ver a través de él el plan perfecto de Dios para con nosotros. Por él me acerqué más al Señor, me propuse ser mejor persona y descubrí mi vocación y exploté mis carismas aún más. Pero luego, las cosas dieron un giro inesperado y terminaron. Ernesto se disolvió como un puñado de polvo y su estancia en la parroquia culminó. Simplemente encontró un estilo de vida que le atrajo más y se fue en torno a eso, abandonando lo que habíamos construido y lo que hasta cierto punto yo sentía que era nuestra roca sólida de fe y amor. Fue duro, deprimente…me hizo dudar de mí misma y por un tiempo me alejé de la Iglesia como protesta a como se había dado todo. Pero no entendía que esta era una lección de amor, de madurez, e incluso de fe. No tener a Ernesto a mi lado como mi soporte o motivación para estar siempre en la parroquia o para asistir a todo era la muestra perfecta de que ese amor a Jesús y el servicio debía emanar de mí misma, no por él. Y en torno a esta ruptura me aferré más a mi espiritualidad. A través de la oración, formaciones y retiros pude sanar mis heridas y abrazar con más entrega mi fe, dejándome como lección que incluso los momentos más duros son los que traen de regalo una dosis de crecimiento espiritual si así lo permitimos.

 

Y por último, está  Edrik. Nunca fuimos nada, es más, no quiso nada porque solo me veía como una amiga, pero en ese momento cumbre de confiar nuevamente en el amor, me dio razones para permanecer en la Iglesia aunque las cosas no salieran como yo esperaba con él. Me dio la pequeña lección de que nuestra fortaleza de fe no se debe opacar por los problemas personales que vivimos dentro de la misma. Que nadie puede impedir que nuestra conexión con Jesús siga latente. Seguirlo viendo allí cada domingo a pesar de que nada surgió como esperaba es la lección más bonita de comprensión que me he llevado al descubrir que sí es posible que vivamos nuestra fe de forma más concreta a través de otras personas. Que aunque nuestro camino espiritual es solo nuestro, damos paso o permiso a ciertos instrumentos para acercarnos, ponernos a prueba y darnos lecciones de vida trascendentales de cómo la fe debe seguir allí intacta a pesar de todo.

Porque por ti Arturo llegué a conocer a Jesús, por ti Ernesto la abracé con confianza y amor y por ti Edrik comprendí que debe seguir intacta y fuerte, para quedarme allí, donde pertenecía mi corazón, al servicio del Señor.

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