De malentendidos y otros dramas: el reto de ceder

May 29, 2019

Somos bastante de temer cuando sabemos que estamos en lo correcto y toca defender nuestra posición. En la escuela, Universidad, trabajo y hasta en la Iglesia, podemos tener momentos de debate donde cada quién puede pensar distinto y toca ver si lo ideal es buscar un lado correcto o si solo es cuestión de poner en práctica la tolerancia y respetar como cada quién ve las cosas.

 

Sin embargo, si hay algo que tenemos que tener claro y que nadie es la excepción, es que nunca puede haber alguien que siempre tenga la razón. En nuestras mil y un batallas diarias siempre habrá un momento en que nuestra mente está en otra onda y no analizamos bien. Y eso no está mal, es normal de seres humanos. Podemos estar viendo las cosas como no son, podemos tener actitudes que ciegan el hecho de analizar bien la situación o pueden existir otras variables que nos llevan al lado incorrecto del asunto. El problema surge cuando en medio de ese notorio error, somos incapaces de aceptar que estamos mal y que toca retractarse para dar la razón a otros.

¿Sabes cuántos dramas nos ahorraríamos si fuéramos capaces de aceptar que a veces nos equivocamos?

 

A medida que crecemos nuestro nivel de madurez debe ir a la par de nosotros, en ascenso, al punto de que cuando ya pasamos nuestros 20s podemos ser capaces de analizar, dialogar y saber tanto defender hasta el final como ceder cuando las cosas no son como tanto lo pintamos. Desde discusiones acaloradas, puntos de vista de temas caóticos o debates de cómo manejar una situación particular, hay que saber cuándo seguir dando pasos de batalla y cuando sacar una bandera blanca y abandonar el campo.

Y por eso, hay un par de puntos que quiero mencionar con respecto a este sabor agrio que vivimos a veces porque no nos encontramos en plena madurez de escuchar, retractarnos y saber decir “lo siento” o “me equivoqué”

  1. Abajo el orgullo: suele pasar que muchas veces forjamos una barrera que nos impide aceptar nuestros errores sólo porque nuestro orgullo es más grande. De por sí depende mucho qué tipo de personalidad tenemos, pero ser personas orgullosas nos lleva a una inaccesibilidad directa de no tolerar que seamos corregidos. Ya sea por las buenas o malas, podemos ser amantes del drama y de causar euforia innecesaria en medio de un problema, cuando la solución viable es tener sentido de escucha, de análisis y de en lugar de hacernos de oídos sordos al punto de vista ajeno, es dejar la subjetividad que tanto defendemos para poner en la balanza una opinión totalmente diferente que puede tener su sorbo completo de verdad.

  2. Lo que se proyecta vs lo que es: escuchamos a personas salir en defensa a su punto de vista y decir: “no es lo que parece”, sin embargo, ¿qué vale? ¿Lo que se proyecta pública y visiblemente y que es tangible ante la vista de todos o lo que se supone que debería ser pero que no se capta porque simplemente no se manifiesta así? Toca primero analizar si estamos haciendo los pasos efectivos para que eso se proyecte tal cual como debería ser.

  3. Alguien tiene que ceder: en un censo común universitario o de jóvenes podríamos sacar un alto porcentaje de amistades o relaciones afectadas a causa de estos debates o de defensa de puntos de vista. ¿La solución? Alguien tiene que ceder…Pero ojo, no se trata ni de buscar ganar siempre ni de perder sólo para que la otra persona no arme un escándalo, a veces aunque suene duro hay que saber ponerse los pantalones e ir alejándose de personas que no promueven las buenas prácticas ante la solución de conflictos. Si estás en la esclavizada posición de siempre ceder a dar la razón al contrario para mantener la armonía, ¡huye! Esto no es un pro mundi beneficio de mantener la paz mundial, existen límites para todo, incluso para tolerar una actitud totalmente regresiva de cómo avanzar como sociedad a la resolución de temas pendientes o en caos. Por eso, tomando en cuenta los dos puntos anteriores, cuando tengas la razón, defiende tu punto. Y cuando no, ten la suficiente humildad como para dar un paso atrás y aceptar tu error. No es tan difícil, estarás siendo ejemplo de cómo los valores son trascendentales para la formación y convivencia y también estarás ahorrando dramas innecesarios, discusiones y malos ratos. ¡Ánimo!

     

     

     

     

     

     

     

     

     

 

 

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