Las cartas que nunca mandé

June 5, 2019

Cuando Kitty envío las cartas de Lara Jean me sentí tan identificada. Suponía una acción o empujón que necesitaba esta chica con tantos pensamientos revueltos pero sin ánimos de explotarlos al mundo que el hecho de sentirse expuesta le trajo temores, pero a la vez sorpresas que terminaron en nuevos amores y en una ganancia increíble de autoestima.

¿Nos pasa a nosotros así también? ¿Tenemos asuntos pendientes por dialogar o expresar y están como cartas ocultas en nuestra memoria interna?

 

Hoy quiero analizar un poco como somos los maestros en hundirnos en penas, asuntos sin proclamar y prácticamente cartas sin mandar porque tenemos miedo a que nuestra voz adquiera valor, tenemos miedo a representar una opinión pública diferente y a tener que salir de un cómodo sillón donde pasar desapercibidos es nuestro día a día. Esto no es un llamado a la rebelión, ni a ser personas que no se aguantan ni callan nada. Es un llamado a dejar las cosas que nos limitan a ser nosotros mismos, a dejar de ocultar emociones, disgustos e incomodidades sólo porque no queremos que las cosas se vean distinto a como ya están y como se supone que deben estar…

 

Mi primera carta la escribí cuando tenía 16 años, quería decirle algo a mis padres que no era la gran cosa pero que con palabras no me saldría tan bien como con letras en papel. Pasé la carta por debajo de su cuarto y a las pocas horas de esta acción pudimos dialogar y resolver la situación del momento. Ahora te pregunto: ¿A quién le escribirías una carta?

Yo tengo muchas sin mandar.

 

Tengo una para Eliah, quién nunca supo que conocerlo fue de las mejores enseñanzas de vida por todo lo que me ayudó a amarme más y a confiar en mí misma.

 

Y para Mario, de quién aún siento el vacío porque un día de la nada se alejó y sólo aparece cuando siente que su compañía diaria está distante, como si yo fuese una opción confiable para combatir su soledad mientras solo aplasta un poco más mi autoestima como supuesta amiga.

 

Está Anastacia, quién era como mi mejor amiga pero ahora parecemos dos completas desconocidas desde que nos enfrentamos en el último debate sobre acciones políticas, y temo que las cosas nunca vayan a ser como antes. Es como si ahora trabajara por desvanecer con más ahínco la amistad que tanto trabajamos, para tirarla al retrete como si nada.

 

Y a Robert, a quien no me atreví a decirle antes que su viaje de negocios empezara que tenía un sentimiento puro y claro por él. Sus conversaciones siguen latentes y todo fluye como dos amigos que añoran su encuentro próximo, solo que yo aún pienso en cuanto podríamos haber llegado a ser juntos si tan solo él hubiese sabido la verdad en el tiempo que yo veía como el correcto, el decisivo.

 

Raúl sabe que lo quiero como uno de mis mejores amigos, pero no sabe lo valioso que es el hecho de que cada mañana escucha mis ideas más nefastas con un interés y preocupación que ni yo misma comprendo…y así, hay muchas cartas tanto buenas como malas que siento que debieron ser enviadas.

 

Pero como me decía una amiga una vez, sacar a la luz ciertas verdades puede alterar demasiado lo que conocemos en paz y que ya está quieto, como en plan de comodidad. Explorar cómo reaccionarían ciertas personas a descubrir pensamientos que guardamos en nuestra memoria por temor a que sean expuestos es un claro indicio de que no estamos listos para tanto. De que no tenemos la seguridad de que precisamente lo que ocultamos se verá mejor allá afuera, totalmente visible.

Lo bueno, tiene que decirse. Vamos, hay muchas personas que creen que a nadie les importa y sólo necesitan de un poco de afecto, de una mano amiga, de una confesión del corazón.

 

Y lo malo, hay que evaluarlo. A veces hay que hablar, otras veces hay que poner otros valores en práctica para sobrellevar el barco. Hay cosas que debemos denunciar, actitudes que no podemos callar más sólo para mantener todo en calma cuando nuestro corazón y el de muchos otros siguen en estado de guerra interna. Mientras más cosas ocultas, menos paz mental viven muchos. Se trata de no generar complicidades, pero sí de emitir una voz, de convertirnos en una voz donde esos sentimientos de angustia, miedo y dolor sea conocidos para lograr soluciones palpables, donde el hecho de ser escuchados es un avance para ser una mejor sociedad, una no tan hipócrita ni cerrada a los ideales que se consideran correctos a base de la minoría. Las cartas que nunca enviaste a tus padres, a ese amor perdido, a tu amigo que ya no te habla y a la empresa donde temías no ser elegida, son hoy cartas quemadas que representan un fin al miedo, para enfrentar mejor los retos que se nos muestran de frente como verdaderos jóvenes valientes, que ante tantas cosas por decir, se necesita de un pequeño empujón como el de Kitty a Lara Jean para que las cosas caminen de una mejor forma

 

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