Entre prédicas y llanto

August 6, 2019

 

La última vez hablamos o yo hablé sobre la música católica, sobre irse a un extremo, sobre quedarse en lo seguro, en lo eufórico y con ello evitar letras que nos hagan aterrizar en nuestra realidad, bien sea de pecado o de dolor. Pero… ¿qué pasa con los predicadores que sólo saben hacerte llorar?

Sé que al igual que ustedes, hemos asistido a alguna actividad y el predicador o predicadora del evento se enfoca en que recuerdes situaciones dolorosas de tu pasado, atinando con el común denominador de muchos jóvenes, sus padres, ya que cada día la sociedad se ve más lastimada, más dividida, dejando a los jóvenes con la peor parte, con heridas que en algunos casos toman años en sanar, pero que al predicador le toma minutos traer de vuelta. ¿Es esto necesario? Piensa en lo siguiente: si hace una cantidad de años atrás sufriste maltrato por parte de algún familiar, pero gracias a diversas razones, lo logras superar, pero llegas a un encuentro juvenil y el predicador enfoca su tema en “sanar heridas” pero realmente solo las abre, pues el tiempo de una prédica no es suficiente como para sanar o comprender al individuo entre la multitud, siendo el gesto un arma de doble filo, pues por una parte el joven después de “llorar” con la prédica esta invitado a dos opciones: uno es buscar ayuda después del encuentro, pero lamentablemente hoy nuestros sacerdotes están tan cargados de trabajo que un director espiritual o sólo una conversación es casi imposible o si se da, sería difícil un seguimiento adecuado, la otra opción es que debido a su edad, a sus inseguridades ese joven no haga nada, y deje todo en el olvido, con la observación de que en cada encuentro que asista, y se tope con este tipo de predicación sólo reviva los acontecimientos traumáticos de manera viciosa, sin llegar a ningún lado.

 

Ahora, ¿es malo entonces?, pues no, no lo es, pero no debemos basar el mensaje del Evangelio sólo en dolor, en tristeza, el mensaje no puede ser sólo gris, el Evangelio es un arcoiris, pero al igual que con la música católica, es más rentable ser el que hace llorar, a el que tiene una predicación crítica, firme y reflexiva. Se trata de que si vas a tocar asuntos sensibles para los jóvenes, que puedan dejarlos tirados llorando o sin consuelo, puedas darles un seguimiento adecuada a manera más personal, detectando cada grupo o comunidad que asiste a ese encuentro o evento para que sus chicos afectados tengan una guía y continuidad de sus emociones negativas post encuentro, no que quede solo como un momento que se vivió y listo.

 

La predicación de este tiempo exige más formación, más preparación y no una que sea melancólica, pero que después de llorar como una Magdalena, te hagan saltar como oveja porque la agenda dice que sigue animación. De hecho hasta parece un esquema, donde primero está dar alguna referencia bíblica sobre el perdón, después la explicación emotiva y una vez que esta dá resultado, viene un acto de perdón, el cual se repite encuentro tras encuentro, para entonces saltar y dar todo por terminado.

 

Bueno esto no es más que una reflexión personal, de alguien que ha estado muy cerca de estos individuos, sean cantantes o no. Siendo que apuesto por una formación adecuada para los predicadores, individuos que deben exponer el Evangelio, un Evangelio que incluye, que sana, pero sobre todo que es tan personal como comunitario.

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