El protagonista de mi fe

 

¿A quién sigo realmente? ¿Está en otro pecador mi fe? ¿En otro ser humano que al igual que yo es capaz de caer no una, sino mil veces por las tentaciones que llevan al pecado?

Es evidente que estamos en tiempos complicados, no por lo que está pasando en la Iglesia, sino porque las cosas están saliendo a la luz, aunque siento que eso debió pasar hace rato para darnos a respetar como religión y no callar lo que está mal. El alimento que necesitan aquellos que odian la Iglesia, especialmente a sus sacerdotes, les está llegando como pan caliente para afirmar con más ahínco y desde su vaga perspectiva llena de odio que la Iglesia está hecha un caos. 

Desde un punto de vista neutro, tienen razón. Las acciones superan las palabras bonitas y errores como estos donde no sólo se ve en algunos países la pedofilia sino los encuentros clandestinos con alguien del mismo sexo te dejan en un estado de intriga y preocupación para cuestionar tantas cosas, para incluso querer indagar en aspectos psicológicos y tratar, a duras penas de comprender el por qué de estos actos que provienen de quienes se suponen son los pastores de la Iglesia, quienes nos confiesan, nos suministran sacramentos y quiénes se suponen son la guía espiritual para acercarnos a Jesús. Lo admito, es decepcionante. 

 

Estas primeras líneas pueden sonar duras e indoloras, es cierto, pero voltear la mirada hacia los hechos y luego hacia el resto de fieles que caminan entorno al mensaje de amor de Jesús es precisamente el detonante para observar con misericordia y a la vez con humildad poder preguntarnos: ¿Qué haría Jesús en mi lugar? 

 

La pregunta pudiera parecer no estar a lugar, pero en medio de tantos hechos lamentables, ¿acaso no se hace necesario recordar al protagonista de nuestra fe? Él que se reconoció estar en el preso, en el hambriento y en el sediento, y en cada uno de ellos se manifestaba para que nosotros hiciéramos estallar la esencia del amor del Padre que poseemos en nuestro corazón y por la cual nos convertimos en su rostro firme ante la adversidad. El Protagonista de nuestra fe trae alegrías, pero también nos recuerda el espíritu profético de denunciar lo que está mal e iniciar juntos un camino de conversión basado en hechos tangibles pues una fe que no se muestra en obras no es una fe sólida. 

 

Y son precisamente estas situaciones que nos sacan de la burbuja de una iglesia perfecta e intocable, porque tenemos que comprender que como todo en esta vida hay pecadores por doquier, sin excepciones de área. Y sí, sé que alarma y nos lleva a cuestionarnos el hecho de creer o seguir a un instrumento de Dios que puede sorprender con estos escándalos, sin embargo es aquí donde nos volvemos a preguntar: ¿quién condiciona mi fe? ¿Lo que hace un pecador como yo o lo que Jesús enseña por medio de su Palabra? Si la fe estuviera cimentada en creer en hombres quien sabe si ya estuviese extinta, pero es Jesucristo hoy, mañana y siempre el que lleva las riendas de esto… el que nos da esa palabra de vida eterna y nos llama día a día a la conversión. 

 

Es por ello que ante la debilidad debemos y tenemos la responsabilidad de levantar el rostro al igual que el Maestro, y no solo quedarnos con la parte en donde ama al pecador y aborrece al pecado, sino asumir ese celo por la casa del Padre y ayudar a luchar contra la debilidad, pero de la misma forma que aquel que es nuestro modelo lo haría ¿Y cómo es eso? Corrigiendo con firmeza y haciendo un equilibrio perfecto entre fe y razón, algo que muchas veces hemos visto como hechos aislados, mentalidad tóxica para nuestro caminar, pues si ambas nos vienen de Dios, entonces es la compresión humana la cual las distancia y nos hace vivir en base a ideales sin un sustento robusto, sustento que hoy es necesario para entender que la relación Iglesia-Sociedad es el anhelo del Protagonista de nuestra Fe, aquel que sin miedo dejó una regla simple: AMAR, pero amar  con una coherencia que nos lleve a cortar la cizaña desde la raíz aun cuando tuviese que morir el trigo, solo para evitar que plaga se esparza. Tenemos el derecho de sentir dolor ante las situaciones tal cual el Protagonista de nuestra Fe, lloró al no poder acercarse a su pueblo por ser de corazón duro, pero tenemos el deber de pasar la página y acompañar a los que quedan, pero un acompañamiento riguroso que humanice y nos ayude a entender el vayan de dos en dos.

 

Y tranquilos que no estamos tratando de desviar la atención en la parte bonita de evangelizar y pasar la página, pero es que nos encanta quedarnos a veces nadando en el fango, repitiendo una y otra vez ese pecado que cometió otro o que nosotros mismos hicimos. Y le damos tantas vueltas que se vuelve un alimento comunicativo que lleva al morbo, a que siga de trending topic. 

 

Con las recientes situaciones que prueba real y todo tienen, ¡bien! Es algo veraz, garrafal y decepcionante y aplaudimos que la Iglesia tomó cartas en el asunto aunque digan que no hay cargos legales aún… ¿pero acaso esos actos van a manchar toda una iglesia panameña o universal? ¿O acaso por un médico negligente ya todos los demás pierden veracidad y confianza en lo que hacen?

Creo que esto nos cuestiona y sirve a la vez como una prueba un poco tosca pero necesaria en estos tiempos para meditar si acaso los pecados de otros humanos que forman la iglesia definen el modelo de fe y amor que Jesucristo enseñó. Te pregunto: ¿seguimos de verdad a Jesús como el protagonista de fe que es? ¿O ponemos nuestra fe perfecta y sin pecado concebido en humanos?

 

La respuesta a lo anterior sólo la puedes saber tu, pero si algo es cierto es que hoy es momento de no callar y actuar, pues si recordamos incluso hasta de omisión nos debemos confesar, y asumir que en esta coyuntura no sólo nos toca orar, sino también participar activamente y acompañar a transformar la realidad en la que nos encontramos, pues esa es la actitud que necesitamos hoy en día. Las lágrimas y desesperanza siempre van a estar, pero no son para estancarnos sino, que son para asumir con valentía el presente y romper con los estereotipos que tanto nos enferman y sobre todo limitan lo que juntos podemos hacer. El mundo necesita católicos que caminen junto a los dolientes y marginados, no católicos aferrados a la ley o a los "dictan" la ley, que dejen a un lado la dignidad de hijos que el Padre nos regala y el Protagonista de nuestra Fe nos recuerda cuando viniendo al mundo se dedicó a estar con los pecadores, pues al final la conversión no es cosa de libros o discursos, sino de sentirnos amados unos con otros sin importar ideología, raza o credo.

 

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